MI SUEGRA ME EMPUJÓ EMBARAZADA POR LAS ESCALERAS… PERO LO QUE PASÓ DESPUÉS NADIE LO IMAGINABA…

Mataste a una niña inocente. Iba a crecer y reclamar lo que no le pertenecía. Chilló Esperanza. Los bastardos no tienen derechos en una familia decente. El fiscal continuó leyendo los nombres de las empleadas asesinadas. Socorro Ramírez, Rosa María González, Patricia Villalobos, Ana Lucía Herrera, Esperanza Torres, cinco mujeres trabajadoras que habían tenido la mala suerte de presenciar algo que no debían. Cuando terminó la lectura, el silencio en el comedor era sepulcral. 15 mujeres muertas, 15 vidas arrebatadas por la codicia y la locura de una sola persona.

15 asesinatos murmuró el comandante Vázquez. Es la asesina serial más prolífica en la historia criminal de México. Esperanza se irguió con orgullo enfermizo, como si hubiera logrado un récord admirable. 15 mujeres que amenazaban a mi familia, 15 obstáculos que eliminé para proteger lo que me pertenecía por derecho. Camila se acercó a Ricardo, que permanecía en el suelo soyloosando como un niño perdido. Ricardo, mírame. Nada de esto es tu culpa. Tú también fuiste víctima de esta mujer enferma.

Pero cuando Ricardo levantó la cabeza, lo que Camila vio en sus ojos la aterrorizó. No era dolor, no era confusión, era algo mucho más oscuro y peligroso. “Víctima”, murmuró Ricardo con una sonrisa que no llegaba a sus ojos. “¿Crees que fui víctima todos estos años?” Y entonces, con una calma que helaba la sangre, Ricardo se puso de pie y pronunció las palabras que cambiarían todo una vez más. No se preguntan cómo sabía mamá exactamente cuándo atacar, cómo conocía los horarios de cada mujer, sus rutinas.

sus secretos. El horror que apareció en el rostro de Camila era indescriptible. Ricardo, ¿qué estás diciendo? Estoy diciendo que mamá nunca actuó sola, siempre tuvo un cómplice que la informaba, sobre todo. La verdad más terrible de todas estaba a punto de revelarse. El aire en el comedor se volvió tan espeso que parecía imposible respirar. Las palabras de Ricardo flotaban en el ambiente como veneno puro y Camila sintió que su mundo se desplomaba por segunda vez en menos de un mes.

El hombre que había amado, el hombre por quien había perdido a su hijo, el hombre que había consolado durante dos años, había sido cómplice de una asesina serial. No susurró Camila retrocediendo hasta chocar contra la pared de mármol. No puede ser cierto. Tú me amabas. Tú querías a nuestro bebé. Ricardo se acercó lentamente, pero ya no era el esposo destrozado de hacía unos minutos. Sus ojos tenían una frialdad calculadora que Camila nunca había visto antes. Amor, se burló.

Camila, querida, ingenua Camila, tú eras exactamente lo que mamá y yo necesitábamos para completar la fachada perfecta. El heredero casado con una secretaria humilde, demostrando que los Mendoza también podíamos ser generosos con la clase trabajadora, el comandante Vázquez desenfundó su arma instintivamente apuntando hacia Ricardo. No se mueva, señor Mendoza. Mantenga las manos donde pueda verlas. Pero Ricardo sonrió con una calma aterrorizante, levantando las manos lentamente. No se preocupe, comandante, no voy a huir. Después de 40 años guardando secretos, finalmente puedo contar la verdad completa.

Esperanza, que había permanecido en silencio desde las revelaciones, miró a su hijo con una mezcla de orgullo y terror. Ricardo, cállate. No digas nada más. ¿Por qué callarme ahora, mamá? respondió con desprecio. Ya dijiste que maté a mi hermana Gabriela. Ya confesaste todos los asesinatos. ¿Por qué no contar también mi participación? Joaquín Herrera, que había estado escuchando horrorizado, se acercó con los puños cerrados. ¿Desde cuándo sabes qué Esperanza es tu madre? ¿Desde cuándo sabes que asesinó a mi hermana Adriana?

Ricardo se sentó cómodamente en una silla Luis X como si estuviera disfrutando una conversación casual. Desde que tenía 12 años. Un día escuché a mamá hablando por teléfono con alguien, llorando y diciendo que Carmen estaba empezando a hacer preguntas sobre mi parecido físico con ella. Esa noche confronté a mamá y me contó toda la verdad. Eras un niño, gritó Camila. Podrías haber denunciado todo. Denunciar. Ricardo soltó una carcajada y perder mi herencia de 200 millones de pesos y convertirme en el hijo bastardo de una campesina asesina.

No, Camila, yo elegí el poder y el dinero. Rosario se había puesto de pie temblando de pies a cabeza. Señor Ricardo, cuando usted tenía 15 años, cuando murió la empleada Socorro Ramírez, usted estuvo ahí. Yo lo vi salir del cuarto de servicio esa noche. Socorro había visto a mamá envenenando el té de Carmen años atrás, explicó Ricardo sin remordimiento. Llevaba 7 años chantajeándonos, pidiendo dinero cada mes para mantener el silencio. Mamá estaba desesperada, así que yo me ofrecía ayudar.

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