
Las cortinas de seda francesa permanecían cerradas y el silencio pesaba como plomo sobre los pasillos de mármol, donde aún se podían ver, si uno sabía dónde buscar, pequeñas manchas que Rosario no había podido limpiar completamente. Camila había despertado del coma tres días atrás, pero algo había cambiado en ella para siempre. Ya no era la joven dulce y sumisa que había llegado a esa casa hacía dos años, llena de ilusiones sobre el amor y la familia perfecta. Sus ojos color miel ahora tenían una frialdad que helaba el alma y cuando miraba a esperanza, algo primitivo y salvaje brillaba en ellos.
Buenos días, suegra”, dijo Camila esa mañana de jueves, bajando lentamente por las mismas escaleras donde había perdido a su hijo. Cada paso era calculado, cada movimiento una declaración silenciosa de guerra. Esperanza, que desayunaba en el comedor principal, rodeada de porcelana francesa y cristal de bacarat, levantó la vista de su café colombiano. Por primera vez en décadas sintió un escalofrío recorrer su espina dorsal. Camila querida, ¿cómo te sientes? El doctor Rodríguez dijo que debes guardar reposo. Reposo. La interrumpió Camila con una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
¿Para qué? Ya no hay bebé que proteger, ¿verdad? El silencio que siguió fue tan denso que se podía cortar con cuchillo. Esperanza sintió como sus manos comenzaron a temblar imperceptiblemente alrededor de la taza de porcelana china. Camila, sé que estás dolida, pero fue un accidente terrible. Nadie quería que nadie. Camila se acercó lentamente a la mesa, sus pasos resonando como martillazos en el piso de mármol travertino. Qué curioso, porque yo recuerdo perfectamente lo que pasó en esas escaleras.
El color se desvaneció del rostro de esperanza, como agua que se escurre. Sus labios, siempre perfectamente delineados en rojo carmesí, se entreabrieron en una mueca de pánico. No, no sé de qué hablas. Estabas muy golpeada, confundida. Los doctores dijeron que podrías tener alucinaciones por el trauma craneal. Alucinaciones. Camila se sentó frente a su suegra tan cerca que podía ver las pequeñas arrugas que el maquillaje no lograba ocultar. Es una alucinación que me dijiste casa fortunas. Es una alucinación que empujaste mis hombros con esas manos llenas de anillos de diamante.
Esperanza se levantó bruscamente, haciendo que la silla Luis X cayera hacia atrás con un golpe seco. Estás loca, completamente loca. Ricardo necesita internarte en un psiquiátrico antes de que digas más locuras. Locuras. Camila también se puso de pie y por primera vez en dos años Esperanza vio algo en ella que la aterrorizó. poder. Lo único loco aquí es que hayas pensado que ibas a salirte con la tuya. En ese momento, Ricardo entró al comedor. Su traje, Armani, estaba impecable como siempre, pero su rostro mostraba las ojeras de tres semanas sin dormir bien.
Al ver la tensión entre las dos mujeres más importantes de su vida, suspiró profundamente. ¿Qué pasa aquí? Los gritos se escuchan desde el vestíbulo. Esperanza corrió hacia su hijo como una niña asustada aferrándose a su brazo. Ricardo, tu esposa está diciendo cosas horribles. Dice que yo la empujé, que maté a mi propio nieto. Está enferma, necesita ayuda. Ricardo miró a Camila con una mezcla de dolor y confusión. Durante dos años había visto como su madre criticaba sutilmente a su esposa, como la humillaba con comentarios envenenados.
sobre su origen humilde en Guadalajara, sobre cómo una secretaria de 21 años había casado al heredero de los Mendoza, pero de ahí a creer que era capaz de asesinato, Camila, amor, sé que está sufriendo mucho. Yo también perdí a mi hijo, pero mamá jamás haría algo así. Ella también está destrozada. Destrozada. Camila soltó una carcajada amarga que resonó por toda la mansión. Pregúntale a tu querida madre dónde estaba exactamente cuando me caí. Pregúntale por qué no hay marcas de agua en esas escaleras que supuestamente estaban mojadas.
Pregúntale por qué tengo marcas de manos en el pecho. Esperanza sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. No podía ser. Había sido tan cuidadosa, tan precisa. Había limpiado cualquier evidencia. había ensayado su historia cientos de veces frente al espejo. “Esas marcas son de la caída. Los doctores lo confirmaron”, gritó desesperada. “¿Los doctor?” Camila sonrió de una manera que hizo que a Ricardo se le erizara la piel. “Qué interesante que menciones a los doctores, porque ayer tuve una conversación muy reveladora con la enfermera Patricia Sandoval.
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