“Mientes eres una sirvienta envidiosa que siempre me ha odiado.” Chilló Esperanza, pero su voz sonaba hueca, desesperada. “Isabela era diferente a las otras”, continuó Rosario ignorando los gritos de su patrona. Era fuerte, inteligente. Había empezado a hacer preguntas sobre las finanzas de la familia, sobre ciertos documentos que faltaban. La señora Esperanza no podía controlarla como a las demás. Camila siguió revisando la caja diabólica. Encontró un diario íntimo forrado en piel roja con páginas amarillentas por el tiempo.
Al abrirlo, reconoció inmediatamente la caligrafía elegante de Isabela. 15 de octubre de 1998. Esperanza está actuando muy extraño conmigo. Hoy me dijo que una mujer de clase baja como yo nunca entendería los verdaderos valores de la familia Mendoza. Pero no me voy a dejar intimidar. Mi hijo merece conocer la verdad sobre esta familia. Ricardo se desplomó en una silla, su rostro pálido como la cera. Las piezas de un rompecabezas macabro comenzaban a encajar en su mente. “¡Hay más!”, susurró Camila sacando otra fotografía.
“Mira esto.” La imagen mostraba a una mujer morena de unos 30 años con una sonrisa radiante y un vestido de flores. En el reverso, alguien había escrito: “Adriana Morales, 1985, prometida de Ricardo Mendoza.” Señor, mi padre tuvo otra prometida”, balbuceó Ricardo. Esperanza soltó una carcajada histérica que helaba la sangre. Por supuesto que la tuvo. Adriana era una campesina de Michoacán que se creía digna de llevar el apellido Mendoza. “Pero yo me encargué de que entendiera su lugar.” “¿Qué le hiciste?”, rugió Camila, poniéndose de pie tan bruscamente que la silla Luis X cayó al suelo.
“Lo mismo que a todas las que amenazaron a mi familia”, respondió Esperanza con una frialdad que cortaba como cuchillas. “Las escaleras de esta mansión han sido muy útiles a lo largo de los años. El silencio que siguió fue tan absoluto que se podían escuchar los latidos del corazón.” Rosario se cubrió la boca con las manos, ahogando un soyozo. Adriana tenía tres meses de embarazo cuando murió, susurró, igual que Isabela, igual que usted, señora Camila. ¿Cuántas? Preguntó Ricardo con una voz que no reconocía como suya.
¿Cuántas mujeres has matado, mamá? Esperanza se irguió con una dignidad macabra como una reina que acepta su destino en el patíbulo. Las necesarias para proteger el honor y la fortuna de los Mendoza. Esa ha sido mi misión durante 40 años. Camila siguió revisando la caja de los horrores. Al fondo encontró una carpeta manila llena de documentos legales. Su corazón se detuvo cuando leyó los encabezados, testamentos modificados, pólizas de seguro, transferencias de propiedades, todo a nombre de Esperanza Mendoza.
Ricardo, tu madre no solo las mató, las despojó de todo antes de hacerlo. Mostró los papeles con manos temblorosas. Cada documento era una historia de codicia y asesinato perfectamente orquestado. Isabela había cambiado su testamento dos días antes de morir, dejándote todo a ti. Pero mira esto. Señaló una firma claramente falsificada. Después de su muerte apareció otro testamento donde dejaba su herencia familiar a Esperanza para cuidar de Ricardo en su dolor. 30 millones de pesos. gritó Ricardo leyendo la cifra.
Isabela tenía 30 millones de pesos en propiedades familiares y Adriana tenía una hacienda en Michoacán valorada en 50 millones, agregó Camila mostrando más documentos. Todas estas mujeres eran ricas por derecho propio. Tu madre no solo las mató por celos, las mató por dinero. Esperanza ya no negaba nada. Había en sus ojos grises una especie de orgullo enfermizo, como si hubiera logrado algo admirable. Hice lo que tenía que hacer. Los Mendozas siempre hemos sido una familia de poder, de tradición.
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