No iba a permitir que unas advenedizas destruyeran lo que generaciones construyeron. ¿Y qué hay de Gabriela? Preguntó Rosario de pronto, su voz quebrándose. También era una advenedisa. Un silencio mortal cayó sobre el comedor. Camila y Ricardo se miraron confundidos. ¿Quién es Gabriela?, preguntó Camila. Rosario señaló hacia el fondo de la caja, donde había una última fotografía. La imagen mostraba a una niña de unos 8 años con los mismos ojos grises de esperanza y la sonrisa de Ricardo.
Gabriela Mendoza Herrera, la hermana menor de usted, señor Ricardo, la hija que su padre tuvo con su secretaria. Ricardo sintió que el mundo se desvanecía a su alrededor. Una hermana, una hermana que jamás había conocido. ¿Dónde? ¿Dónde está Gabriela? Preguntó con un hilo de voz. La sonrisa que apareció en el rostro de Esperanza era la cosa más diabólica que Camila había visto en su vida. Las escaleras de esta mansión se tragaron también a esa bastarda, pero ella tenía 8 años.
Fue más fácil que pareciera un accidente de juegos infantiles. El rugido que salió de la garganta de Ricardo era el de una bestia herida. Se abalanzó sobre su madre con una furia primitiva, pero Camila lo detuvo. No! Gritó. No te ensucies las manos con esta mujer. Hay una forma mejor de hacer justicia. Y entonces, mientras Esperanza reía como una loca y Ricardo lloraba por la hermana que nunca conoció, Camila tomó su teléfono celular y marcó un número que había memorizado hacía días.
Procuraduría General de Justicia, habla Camila Ferreira de Mendoza. Quiero reportar una serie de asesinatos que se han cometido en San Ángel durante los últimos 40 años y tengo todas las pruebas. La llegada de los agentes de la Procuraduría General de Justicia a la mansión Mendoza fue como una avalancha que arrasó con cuatro décadas de mentiras perfectamente construidas. Las sirenas resonaron por todo San Ángel, mientras tres patrullas y una camioneta forense estacionaron frente a los portones de hierro forjado, que durante tanto tiempo habían protegido los secretos más oscuros de México.
El comandante Alejandro Vázquez, un hombre curtido de 52 años, con el rostro marcado por 30 años de investigar los crímenes más sórdidos de la capital, entró al comedor principal, donde la escena parecía sacada de una pesadilla. Esperanza Mendoza permanecía sentada en una silla Luis X con las manos esposadas, pero manteniendo una compostura real que desafiaba la realidad de su situación. “Señora Ferreira”, dijo el comandante dirigiéndose a Camila. Necesitamos que nos explique exactamente lo que encontraron en esa caja.
Camila, que había recuperado una fuerza interior que no sabía que tenía, extendió todos los documentos sobre la mesa de caoba francesa como si fueran cartas de un juego macabro. Comandante, aquí tiene las pruebas de al menos cinco asesinatos cometidos por Esperanza Mendoza a lo largo de 40 años. Todas mujeres jóvenes, todas empujadas por las mismas escaleras, todas por la misma razón, proteger su control sobre la fortuna familiar. El perito criminalista, Dr. Fernando Salinas, un hombre meticuloso de 45 años, examinaba cada fotografía con una lupa profesional.
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