MI SUEGRA ME EMPUJÓ EMBARAZADA POR LAS ESCALERAS… PERO LO QUE PASÓ DESPUÉS NADIE LO IMAGINABA…

Su expresión se volvía más grave con cada imagen. Las lesiones mostradas en estas fotografías forenses son consistentes con caídas provocadas desde altura considerable. Las marcas en los cuerpos sugieren que fueron empujadas con fuerza considerable desde la parte superior de la escalera. Ricardo, que había permanecido en shock desde las revelaciones, se acercó al comandante con pasos vacilantes. Comandante Vázquez, yo yo no sabía nada de esto. Durante todos estos años pensé que mi primera esposa había muerto en un accidente de tráfico.

Mi madre me mintió durante dos décadas. Su madre es una asesina seria, señor Mendoza, respondió el comandante sin rodeos. Una de las más calculadoras que hemos visto en México. Cada muerte fue planeada meticulosamente para parecer accidental. Rosario, que había sido la clave para destapar toda la verdad, se encontraba sentada en una silla del comedor temblando mientras relataba al Ministerio Público los horrores que había presenciado durante 25 años de silencio forzoso. Señor licenciado, yo vi cómo empujó a Isabela en octubre del 98.

Estaba limpiando la biblioteca del segundo piso cuando escuché voces alteradas. Me asomé y vi a la señora Esperanza discutiendo con Isabela en el rellano de las escaleras. ¿Qué escuchó exactamente?, preguntó el licenciado Raúl Mendizábal, el fiscal del caso. Isabela le gritaba que había descubierto las irregularidades en las cuentas familiares, que sabía que había estado robando dinero de las empresas Mendoza durante años. le dijo que se lo iba a contar todo al señor Ricardo cuando llegara de su viaje de negocios.

El silencio en el comedor era tan denso que se podía sentir el peso de cada palabra. Esperanza, por primera vez desde que habían llegado las autoridades, levantó la vista con una sonrisa que helaba la sangre. Isabela era una niña tonta que no entendía cómo funcionan los negocios. dijo con una calma escalofriante. Igual que esta otra pequeña víbora señaló a Camila con desprecio. Creían que podían llegar a mi casa, a mi familia y cambiar las reglas del juego.

¿Está confesando los asesinatos, señora Mendoza?, preguntó el fiscal activando su grabadora. Estoy confesando que protegí a mi familia como cualquier madre haría”, respondió Esperanza con orgullo, enfermizo. “Los Mendoza llevamos cuatro generaciones construyendo este imperio. No iba a permitir que unas casafortunas lo destruyeran.” Camila se puso de pie bruscamente, su rostro ardiendo de indignación. Casafortunas, siempre la misma palabra. Isabel la tenía su propia fortuna familiar. Adriana heredó una hacienda de 50 millones. Yo trabajaba como secretaria, pero nunca te pedí un peso.

Todas eran iguales, espetó Esperanza. Todas querían quitarme a mis hijos, apoderarse de lo que me pertenece por derecho. El comandante Vázquez revisaba los documentos financieros con creciente asombro. Los números que veía eran astronómicos. Señora Mendoza, según estos documentos, usted se apropió ilegalmente de más de 200 millones de pesos a lo largo de cuatro décadas. Propiedades, cuentas bancarias, pólizas de seguro, todo transferido fraudulentamente a su nombre después de cada muerte. Era dinero de la familia. Yo tenía derecho a administrarlo.

“Mentira!”, gritó una voz desde la entrada del comedor. Todos voltearon sorprendidos. En el marco de la puerta. Estaba parado un hombre de unos 60 años, elegantemente vestido, con cabello canoso y ojos que brillaban de furia contenida. ¿Quién es usted?, preguntó el comandante. Mi nombre es Joaquín Herrera Santa María. Soy el hermano mayor de Adriana Morales, la prometida de Ricardo Mendoza señor, que esta mujer asesinó en 1985. El aire en el comedor se volvió eléctrico. Ricardo observó al recién llegado con una mezcla de curiosidad y terror.

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