Apenas podía emitir un sonido. "Tú… tú solo…", susurré. Soltó una risa seca. "Te diste cuenta, ¿verdad?".
Lo miré como si contemplara una verdad que acababa de rasgarse un velo. "Dijeron que estabas paralizada. Tu familia. Los médicos. La prensa". Respondió al instante, frío y conciso. "Solo dijeron lo que les beneficiaba".
Se movió de nuevo, con dificultad y dolor, pero era movimiento. Me oí preguntar, como desde muy lejos. "¿Entonces por qué la silla de ruedas? ¿Para qué inventar esa historia?".
Su rostro se ensombreció, como si una sombra lo hubiera cubierto. "Porque mentir ayuda a la gente a mantener la distancia". Hizo una pausa. Luego continuó, cada palabra con peso. "Y en mi familia, la verdad es más peligrosa de lo que crees".
Alianzas y Verdades
Me senté en el borde de la cama. Mis joyas de boda pesaban como cadenas. De repente recordé las palabras de mi madrastra sobre la "seguridad" y me dieron ganas de reír, pero no pude. Me volví hacia él, con los ojos irritados pero secos.
"Entonces, ¿por qué te casaste conmigo?", pregunté. La pregunta fue demasiado directa, pero no tuve la fuerza para ser educada. Guardó silencio un rato antes de responder. "Porque eras la única persona a la que consideraban... insignificante".
Me quedé paralizada. Esa sola palabra fue suficiente para herirme profundamente. "¿Insignificante?".
Habló con firmeza, como si leyera un resumen obsceno de su propia vida. "Necesitaban una esposa para mí. Alguien obediente, discreta, de un entorno desesperado". Me miró. "Alguien..."
Que no hiciera muchas preguntas.
Sonreí con amargura. "Así que me vendieron". Fue una frase corta, pero hizo que la habitación se sintiera pesada.
Algo en su mirada se suavizó, aunque solo un poco. "No sabía que serías así". Fruncí el ceño. "¿Cómo qué?" "Alguien que avanza en lugar de retroceder".
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