Mi suegra pensó que yo era una carga hasta que vio quién vino a mi fiesta de cumpleaños.

"No. Simplemente me restregó en la cara lo que debería haber visto todos los días. Eres fuerte, inteligente, talentoso. Y permití que te devaluaran ante mis propios ojos. Me avergüenzo de eso".

No era perfecto. No era de película. Sin gestos hermosos ni promesas acompañadas de música. Pero su voz transmitía lo que tanto le había faltado antes: madurez.

Anna asintió lentamente.

"De acuerdo". Entonces empecemos de nuevo. Pero como adultos.

Exhaló, como si esa fuera precisamente la respuesta que temía y esperaba al mismo tiempo.

"Gracias."

"No a mí, gracias", dijo en voz baja. "Sino a ti mismo. Si no me decepcionas."

Epílogo. Cómo cambian las personas si les das una oportunidad, pero no dejes que te destruyan más.

Habían pasado seis meses.

Anna estaba sentada en el salón de actos del colegio, donde se celebraba la ronda final de la primera beca "Palabra y Valor". En el escenario, los estudiantes de último año estaban entusiasmados, leyendo sus textos, discutiendo con los jueces, riendo, sonrojándose; todo tal como a ella le encantaba.

En la primera fila se sentaron Denis, Pyotr Sergeyevich y... Vera Nikolaevna.

Sí, ella misma vino. Sin que nadie la invitara. Con un traje azul oscuro, sin su habitual pompa ostentosa, y con un elegante ramo de flores para el ganador.

Y lo más sorprendente es que, durante estos meses, sus cambios no se desmoronaron tras un hermoso brindis.

A veces seguía estallando. Seguía intentando dar "consejos útiles" cuando no se los pedían. Pero ahora sabía cómo parar. A veces incluso decía: "Perdona, Anya, me dejé llevar otra vez".

La primera vez que Anna casi dejó caer su taza, lo oyó.

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