Anna no la ayudaba. Que hablara por sí misma, si podía.
"Y entonces vi cómo te miraba la gente", continuó Vera Nikolaevna. "Con respeto. Con gratitud. No porque lleves oro o un traje caro. Sino porque... eres alguien muy importante para ellos."
Anna sintió un nudo en la garganta al oír estas palabras. No de alegría, sino de sorpresa.
"Nunca he sido una carga para ti, Vera Nikolaevna", dijo con calma. "Ni para Denis ni para la familia. Pero te esforzaste tanto en hacerme sentir así".
Su suegra cerró los ojos, como si hubiera recibido una bofetada, no una fuerte, sino una certera.
"Lo sé", exhaló. "Ahora... lo entiendo".
"¿Por qué ahora? ¿Porque vino Artyom Lazarev? ¿Por qué?"
¿Sale en la tele?
La pregunta fue dura, pero sincera.
Vera Nikolaevna hizo una pausa y luego respondió con una brusquedad inesperada:
"Al principio, sí. Por mi estatus. Así soy yo, Anya. Toda mi vida he medido a la gente por eso. A quién conocen, qué tienen, cómo se comparan con los demás... Pensé que era más fiable. Más comprensible. Y entonces... escuché lo que dijo. Y fue entonces cuando me sentí avergonzada. Muchísima."
Anna la miró en silencio.
Risas, música y un brindis resonaron en la sala. No las llamaron de vuelta, como si el mundo les hubiera dado a estas dos mujeres unos minutos a solas.
"No te pido que me perdones de inmediato", dijo Vera Nikolaevna en voz baja. "Pero... si puedes... intentémoslo de otra manera. Creo que hay muchas cosas que no sabía de ti."
Anna bajó la mirada hacia sus manos y luego volvió a levantarla.
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