Mi suegra se sentó entre mi marido y yo en la mesa principal durante la boda, así que le enseñé una lección que no olvidará pronto.

Me llamo **Lily**. Tengo **28** y, desde que tengo memoria, he sido de esas mujeres que lo planean todo. Preparo las comidas **con una semana de antelación**. Busco rutas alternativas por si hay atascos. Incluso tenía una **hoja de cálculo** para nuestra luna de miel antes de que Ryan y yo nos comprometiéramos oficialmente.

Anuncio: Me encanta el orden y la previsibilidad. Así que pensé que, controlando cada detalle, podría hacer de mi boda el mejor día de mi vida.

Fue… inolvidable, sí, pero no por las razones que había imaginado.

Ryan, mi marido, tiene **31**. Es amable, encantador y, francamente, el hombre más decente que he conocido. Pero trajo consigo una complicación: su madre, **Caroline**.

Anuncio: ¿Su relación? Digamos que habría tenido más sentido si aún tuviera ocho años, no si fuera un hombre adulto con un trabajo en tecnología y entradas.

Lo llamaba **todas las mañanas**, sin falta, sobre las **7 a.m.**, y si no contestaba, le enviaba un mensaje preocupado como: "¡Solo quería comprobar que no te has muerto mientras dormías, cariño!".

Le recordaba que bebiera agua, le hacía galletas caseras y sí, todavía doblaba su ropa. Como le gustaba decir: "A Ryan le gustan las esquinas de sus camisetas impecables y almidonadas".

Al principio, me pareció encantador. Raro, pero encantador. Pensé: *Es solo una madre cariñosa. No voy a ser el tipo de mujer que se siente amenazada*.

Me reí cuando lo llamó "el hombre favorito de mi vida", incluso después de que nos comprometiéramos. Sonreí cuando insistió en traer galletas para los fines de semana y me tragué la irritación cuando comentó sobre todo, desde el color de mis uñas hasta cómo preparaba el café, "demasiado fuerte para el gusto de Ryan".

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