Mi suegro dejó caer un cheque de 120 millones de dólares sobre la mesa frente a mí. «No perteneces al mundo de mi hijo», me espetó. «Esto es más que suficiente para que una chica como tú viva cómodamente el resto de su vida». Me quedé mirando la asombrosa cadena de ceros, con la mano apoyada instintivamente en mi estómago, donde apenas comenzaba a notarse un pequeño bulto. Sin discusiones. Sin lágrimas. Firmé los papeles, tomé el dinero... y desaparecí de sus vidas como una gota de lluvia en el océano, sin dejar rastro.

Este era el ritual. Durante tres años, las cenas en Sterling no se trataron de comida; eran un teatro de poder. Un recordatorio constante de que yo era la dueña de la casa “no invitada”.

“Ahora que estamos todos aquí, coman”, dijo Arthur.

Dio el primer bocado. Solo entonces Julian dejó el teléfono para comer con una elegancia robótica y practicada. No me miró ni una sola vez. Era un fantasma en mi propia casa.

Tomé el tenedor, pero la comida sabía a ceniza. Sabía que esta noche era diferente. La mirada de Arthur era más aguda, más definitiva.

Sentí la hoja colgando sobre mi cabeza. No pregunté cuándo caería. Simplemente esperé.

"Nora", dijo Arthur, limpiándose la boca con una servilleta de seda. "Mi estudio. Ahora".

3. El veredicto
Las pesadas puertas de roble del estudio se cerraron tras mí, aislándome del resto del mundo. Arthur estaba sentado tras su enorme escritorio como un juez a punto de dictar una sentencia de muerte.

Julian nos siguió, pero no se sentó. Se apoyó en una estantería, con la mirada fija en su teléfono.

"Mira hacia arriba", espetó Arthur.

Levanté la cabeza y lo miré a los ojos. No intenté ocultar su desprecio.

"Nora, han pasado tres años desde que te casaste con esta familia".

"Sí, señor", susurré.

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