Mi suegro dejó caer un cheque de 120 millones de dólares sobre la mesa frente a mí. «No perteneces al mundo de mi hijo», me espetó. «Esto es más que suficiente para que una chica como tú viva cómodamente el resto de su vida». Me quedé mirando la asombrosa cadena de ceros, con la mano apoyada instintivamente en mi estómago, donde apenas comenzaba a notarse un pequeño bulto. Sin discusiones. Sin lágrimas. Firmé los papeles, tomé el dinero... y desaparecí de sus vidas como una gota de lluvia en el océano, sin dejar rastro.

Cuatro latidos.

Me senté en un banco fuera del hospital y finalmente lloré. No de tristeza, sino de una alegría intensa y aterradora. Estos niños no eran Sterling. Eran míos.

Saqué mi teléfono y miré la foto del cheque. Se suponía que ese dinero compraría mi silencio. Ahora, iba a financiar mi guerra.

5. El vuelo al futuro
El sol de San Francisco me cegaba cuando bajé del avión.

Había transferido los 120 millones de dólares a una cuenta privada suiza a las pocas horas de salir de la casa de los Sterling, haciéndolos invisibles a los ojos de los ciudadanos. Para cuando Arthur se diera cuenta de que me había ido para siempre, el rastro estaría helado.

Miré el mapa de Silicon Valley en la pared del aeropuerto. Este era el lugar donde se construían imperios con solo determinación y código.

Me froté el estómago suavemente.

"Ya estamos en casa, cariños", susurré.

Tenía suficiente capital para fundar diez empresas. Tenía la inteligencia que siempre subestimaron. Y ahora, tenía cuatro razones para no perder jamás.

Julian Sterling, disfruta de tu boda. Porque en cinco años, volveré a comprar tu imperio.

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