Até cordones, trencé el pelo, limpié mermelada de las mejillas pegajosas y releí la carta tantas veces que mi pulgar manchó la tinta. Cada vez que la cerraba, se me encogía más el estómago.
Esa noche, mientras las niñas veían la televisión y Richie removía espaguetis en la cocina, me quedé junto a la ventana, observando las ramas nudosas del manzano.
Se acercó sigilosamente por detrás de mí y me rodeó la cintura con sus brazos. "Si quieres, Tanya, allí estaré. No tienes que afrontar esto sola".
Me recosté en su pecho.
"Solo necesito respuestas, Rich. Siempre fue tan amable. Cada Navidad dejaba un sobre con dinero para que pudiéramos consentir a las niñas con dulces".
"Luego averiguaremos qué te dejó. Juntos, si eso es lo que quieres".
Mi esposo me besó la cabeza antes de volver a servirles la cena.
Me sentí un poco más centrada.
Esa noche, no pude dormir. Caminé por la casa en círculos, deteniéndome en la ventana trasera. Mi reflejo me devolvió la mirada: cabello castaño recogido en una cola de caballo rala, ojos cansados, pantalones de pijama caídos en las rodillas.
No parecía alguien preparada para desenterrar verdades enterradas.
Recordé algo que mi madre solía decir:
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