“Papá… ¿y ahora qué?”
Le puse la mano en el hombro.
“Ahora empieza lo difícil”, dije. “Pero también empieza lo bueno”.
Y al salir de aquella casa,
Con mis nietos cogidos de la mano, Julián se quedó atrás, inmóvil.
Pensando que todo había terminado.
Sin saber que lo peor para él… ni siquiera había comenzado.
Porque hay algo que hombres como Julián nunca entienden:
Cuando humillas a una madre, despiertas a un padre.
Y yo había pasado treinta años esperando el momento exacto para volver a ser quien era.
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