Solo esa palabra. Y supe que algo se había roto para siempre.
Abrí la puerta, me agaché a su altura y hablé despacio, como si mi voz pudiera protegerla.
"Tranquila. Estoy aquí. ¿Qué ha pasado?"
Elena tragó saliva, como si intentara evitar que se le saliera el alma.
Julián me echó. Y su madre… estaba ahí. Mirándome como si fuera basura. Me dijeron que soy inestable. Que no estoy bien de la cabeza. Que no puedo criar a los niños. Que soy un peligro.
La rabia me subió por el cuello, pero no la dejé salir. Mi hija necesitaba calma, no un padre gritando en un estacionamiento.
"¿Te pegaron?", pregunté.
Negó con la cabeza.
"No… no hacía falta. Me quitaron el teléfono. Me bloquearon la entrada al banco. Cambiaron las contraseñas de mi correo electrónico. Me dijeron que la casa no era mía. Que el negocio… tampoco".
Fue entonces cuando sentí exactamente el mismo vacío en el estómago. Porque el negocio… ese negocio lo financiaba yo.
Dos años antes, Elena llegó a casa con una libreta llena de números y una chispa en la mirada que hacía tiempo que no veía. Me dijo que quería montar una empresa de eventos y marketing. Que tenía contactos, que podía hacerlo bien. Julián estaba sentado a su lado, sonriendo, haciendo de marido perfecto.
“Papá, solo necesito un empujón. Un préstamo. Te lo devuelvo. Es una inversión, te lo prometo”.
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