Mientras él se duchaba, contesté la llamada sin pensarlo. No había tiempo para reflexionar, ni lugar para la duda, y en un instante todo cambió. Al otro lado de la línea, una mujer murmuró con una suave risa: «Tu tacto aún perdura en mí… ella jamás sospechará nada».

Colgué tan rápido que casi se me cae el teléfono. Me quedé mirando la pantalla negra, esperando que fuera un error, una broma tonta, un número equivocado. Pero no lo era.

Paola Navarro.

El número no estaba guardado, pero la voz permanecía en mi memoria. La conocía demasiado bien. Almuerzos familiares, cumpleaños, cafés de domingo, conversaciones de confianza…

Mi prima.

Me invadió una oleada de náuseas y me apoyé en el lavabo para no desmayarme. Desde la ducha, Diego tarareaba una melodía de mariachi como si nada hubiera cambiado, como si el mundo siguiera en orden. No grité. No lloré. No armé un escándalo.

Volví a coger el teléfono.

Vi que, segundos antes de la llamada, se había borrado un mensaje. Luego me fijé en otro chat, archivado, marcado solo con una inicial: P. Lo abrí. Había fotos borradas, notas de voz, mensajes cortos… fragmentos más que suficientes para entenderlo todo sin leerlo completo: encuentros en hoteles de Ciudad de México, excusas, recuerdos compartidos… una intimidad que se había estado gestando durante meses a mis espaldas.

Me senté en la cama.

Intenté respirar. Cada mensaje era un golpe. Cada palabra, una puñalada. Lo peor no era solo la infidelidad. Lo peor era la paciencia con la que ambos me habían sonreído en las reuniones familiares mientras mantenían viva esa mentira.

Entonces oí que el agua se cortaba.

Y apareció un nuevo mensaje de Paola: «¿Conseguiste borrarlo? Mañana no quiero que Mariana sospeche nada en la cena en Polanco».

Parte 2… Levanté la vista hacia la puerta del baño justo cuando Diego salía, con una toalla alrededor de la cintura y el vapor pegado a su piel. Me vio sentada en la cama, inmóvil, con su teléfono en la mano, y su expresión cambió al instante. No era confusión ni inocencia. Era miedo. Miedo puro, inmediato y culpable.

—Mariana, dame eso —dijo, dando un paso adelante.

Retrocedí antes de que pudiera alcanzarme—. No te acerques más.

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