Mientras hacía cola en la tienda, pagué por una señora mayor.

"¿Tengo que decírtelo otra vez?", la interrumpió bruscamente. "Dije que la quitaras".

Se preparó rápidamente, dio un portazo y se marchó sin siquiera despedirse. Olena se quedó sola, escuchando el viento aullar afuera.

Caminó hacia la puerta y miró la pala apoyada en la pared. Y de repente recordó el susurro de la anciana, claro e insistente: "No toques la nieve".

Olena se dejó caer cansada en un taburete. Estaba agotada por el día, le temblaban las manos. "Si no la quito una vez, no pasa nada", decidió. "Tendré que hacerlo mañana por la mañana de todos modos".

Esa noche, tuvo un sueño extraño: estaba de pie en el patio, y la nieve a su alrededor comenzaba a oscurecerse, como si absorbiera las huellas de alguien, y extrañas sombras emergían de debajo.

Olena se despertó temprano, todavía oscuro. La casa estaba inusualmente silenciosa. Se puso un suéter, bajó a la cocina y, sin darse cuenta, se acercó a la ventana.

Y se quedó paralizada.

En el patio, en la nieve perfectamente blanca e intacta, se veían claramente huellas. De hombre. Claras, profundas. Iban desde la puerta hasta el granero... y de vuelta. Pero no eran las de Viktor; se había ido durante la noche. Eran de dos tamaños diferentes.

El corazón le latía con fuerza. Olena se puso la chaqueta y salió al porche. La escarcha le quemaba la cara, pero apenas sentía el frío.

Las huellas conducían al granero. La puerta estaba entreabierta.

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