Mientras hacía cola en la tienda, pagué por una señora mayor.

"¿Qué anciana?"

"Bueno... una pequeñita, con un chal suave."

La cajera se encogió de hombros.

"Tenemos muchas ancianas." Pero no recuerdo a ninguna como esa. Y es extraño —añadió tras una pausa—. El día que pagaste, revisaron las cámaras después: la caja registradora no funcionaba bien. Así que... no había nadie cerca. Era como si estuvieras hablando sola.

Olena sintió un escalofrío.

"¿Qué...? ¿Nadie?"

"Bueno, así es", rió Sveta con nerviosismo. "Pensé que estaba cansada entonces". Pero la grabación... está realmente vacía.

Olena no respondió. Pagó y salió. La nieve había empezado a caer de nuevo, pesada, silenciosa, casi suave.

Esa noche, se sentó un buen rato en el porche, observando cómo la blancura cubría lentamente el patio. Y por primera vez, no tuvo deseos de intervenir, de cambiar nada, de subyugarlo. Déjalo estar, pensó. Déjalo ser como debe ser.

A veces el destino habla en susurros.
A veces, a través de una anciana al azar en la fila. Y a veces, a través de un simple consejo que salva más de lo que parece.

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