Y desde entonces, cuando los coches de los hombres salen por la noche,
Olena nunca toca la nieve del patio.
El invierno se prolongó. La nieve se derritió y luego volvió a caer como una manta gruesa y pesada, como si ocultara y protegiera algo al mismo tiempo. Olena comenzó a notar un fenómeno extraño: cada vez que aparecía nieve intacta en el patio, se producían cambios en su vida. Pequeños, pero significativos. Como si esta manta blanca se convirtiera en... una frontera entre lo viejo y lo nuevo.
Una noche, volvió a oír el ruido. No era agudo ni aterrador, sino cauteloso. Como si alguien caminara, intentando no llamar la atención. Olena no encendió la luz. Se acercó a la ventana y descorrió la cortina unos centímetros.
Había huellas en el patio. Solitarias. Distintas. Conducían a la verja... y terminaban. Nadie entraba. Nadie salía.
Su corazón latía lenta pero firmemente. No había miedo. En cambio, una extraña sensación de seguridad. Olena se dio cuenta de repente: si hubieran quitado la nieve, si el patio hubiera estado "limpio" como antes, no habría notado nada. Ninguna señal, ninguna advertencia.
Por la mañana, fue al archivo; no sabía por qué. Simplemente se sintió atraída. El viejo edificio con paredes descascarilladas olía a polvo y a tiempo. La joven empleada hojeó las revistas durante un buen rato y de repente se quedó paralizada.
"Extraño...", murmuró. "Muy extraño."
"¿Qué...?" ¿Exactamente? —preguntó Olena.
—Una mujer vivía aquí... en tu dirección. Hace mucho tiempo. Hace casi cuarenta años. Su apellido... —entrecerró los ojos—. Kravchuk. También Kravchuk.
Olena sintió un nudo en la garganta.
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