Mientras hacía cola en la tienda, pagué por una señora mayor.

—¿Y qué le pasó?

—Dicen que ayudaba a la gente. Extraoficialmente. Advertía. Sobre todo a las mujeres. Decía cosas raras... pero siempre pasaba algo después. Casas, niños, a veces vidas, se salvaban. Y luego desaparecía. Simplemente se iba.

Y en invierno. Bajo una fuerte nevada.

Olena salió de los archivos, atónita. Las palabras de la anciana volvieron a su memoria, igual de sencillas y serenas: «No toques la nieve».

Esa noche, Olena encendió una vela por primera vez en muchos años. La colocó junto a la ventana. No rezó; simplemente se sentó y observó cómo los copos de nieve se arremolinaban lentamente fuera del cristal.

«Gracias», susurró al vacío. «Te escuché».

La vela parpadeó de repente, la llama se alargó un segundo y luego se volvió uniforme y serena.

En primavera, Olena vendió la casa. No porque quisiera irse, sino porque se dio cuenta de que su camino era más largo. Se mudó más cerca de la ciudad, consiguió un trabajo donde la respetaban y no la regañaban. Empezó a sonreír con más frecuencia. A veces sin motivo.

Pero cada invierno, viviera donde viviera, si nevaba y la noche estaba especialmente tranquila, Olena nunca salía al jardín con una pala. Porque algunas huellas
deben permanecer visibles.

Y algunos consejos
llegan por alguna razón.

Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.