Mientras mi esposo preparaba la cena, me llegó un mensaje de una de sus compañeras de trabajo: “¡Te extraño!”. Respondí por él:

Se sentaron en la mesa de la cocina: dos niños aterrorizados atrapados con dulces robados. Me senté frente a ellos, con un rayo en las venas. —¿Cuánto tiempo? —pregunté.

Mark cerró los ojos con fuerza, exhalando una confesión: —Ocho meses.

Ocho. Meses. Sentí que el número me abría el pecho.

—¿Fue físico? —pregunté, aunque una parte de mí rogaba no saberlo.

Mark vaciló, y esa vacilación fue mi respuesta. Las lágrimas me nublaron la vista, pero me negué a dejarlas caer. Todavía no.

—¿Cómo pudiste? —Se me quebró la voz—. Construimos una vida. Hicimos promesas. ¿Algo de eso fue real?

Se inclinó hacia adelante, desesperado. —Sí. Todo. Te amo. No quise…

Chris soltó una risita burlona y suave. —Me dijiste que tú y ella eran prácticamente compañeros de piso…

Mark estalló: —¡Chris, cállate!

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