No respondió.
Emily pasó junto a él y subió las escaleras. Daniel la siguió a cierta distancia, hablando aún, intentando llenar el vacío que había dejado su matrimonio. Ella lo ignoró y entró primero en la habitación de Noah. Su hijo estaba sentado en la cama, con las rodillas encogidas y el mando de la consola intacto a su lado. Tenía el rostro pálido.
—¿Estás bien? —preguntó.
Tragó saliva. —¿Papá hizo algo malo?
Emily se sentó a su lado y le tomó la mano. Todos sus instintos le decían que lo protegiera, pero otro instinto, más agudo, le decía que no mintiera. No esa noche. No después de lo que las mentiras habían hecho con su hogar.
—Sí —dijo—. Lo hizo.
Noah bajó la mirada. —¿Con la tía Lisa?
Emily cerró los ojos brevemente. —Sí.
Asintió una vez, de repente mayor de trece años. —Oí gritos.
—Lo sé.
Tras asegurarle que no tendría que hablar con nadie esa noche, fue al dormitorio que había compartido con Daniel durante dieciséis años y sacó una maleta del armario. Daniel se quedó en el umbral.
—¿Qué haces?
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