Sus facciones se quebraron. Se acercó, como si buscar la distancia corta pudiera reescribir lo sucedido.
—No tienes derecho a quitarme todo —soltó repentinamente, con un tono agudo, casi infantil.
—No te quité nada —dije con una serenidad que incluso me sorprendió—. Solo recuperé lo que era mío.
Hubo lágrimas en sus ojos. No sé si eran verdaderas o si formaban parte de ese teatro emocional al que recurría siempre que las cosas no salían como quería. No me importó analizarlo. Ya no era mi responsabilidad interpretar sus emociones ni amortiguarlas.
Tomé un sobre del mueble junto a mí y lo dejé sobre la mesa.
—Esto es mío —dije—. Y también es tuyo. Léelo.
Ethan lo tomó con dedos temblorosos. Dentro había un documento impreso: una carta que yo había redactado durante la madrugada. No con enojo, sino con una claridad que nadie me había permitido tener durante años.
Era mi petición formal de separación. No insultaba, no acusaba, no dramatizaba. Solo exponía hechos, decisiones y una voluntad firme de seguir adelante sin él.
—Estás hablando en serio… —murmuró, como si la idea misma lo paralizara.
—Más que nunca.
—¿Y eso es todo? ¿Así termina?
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