No reaccioné.
“Entonces el padre podrá proveer con su propio dinero”.
Esa semana, el ático volvió a ser mío. Se cambiaron las cerraduras. Se reemplazó al personal. Se vendió un coche. El resto regresó a la empresa.
Valeria desapareció al desaparecer el lujo. Carmen dejó de llamarme "cariño". Y Javier por fin aprendió el precio de confundir el amor con el permiso.
Regresé a mi vida más fuerte, más clara, más libre.
Porque cuando alguien te usa, no es amor.
Es control.
Y el control sólo funciona hasta que lo recuperas.
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