Migajas de Felicidad en las Palmeras de Piedra
Artyom y Vera Svetlov llevaban treinta años casados. Tres décadas de una existencia tranquila y mesurada, forjadas con los hábitos, la comprensión silenciosa y esa ternura especial, ganada con esfuerzo, que reemplaza a la pasión. Ya se habían resignado a que su unión era una isla para dos, amurallada ante un futuro sin risas infantiles. Y entonces, en su trigésimo primer cumpleaños, Dios les envió un hijo.
Vera tenía cincuenta y cuatro años. Los médicos se retorcían los dedos en las sienes; sus amigos, comiendo pasteles para ahogar la envidia, negaban con la cabeza: «Te estás condenando a la tortura; eres demasiado viejo, no podrás salir adelante». Pero Vera se limitó a colocar la mano en silencio sobre su vientre creciente, sintiendo el misterioso atisbo de otra vida bajo la palma. Decidió no abortar. Caminó por las calles primaverales, balanceándose de un lado a otro como un barco cargado con su carga más preciada: la esperanza.
Y salió adelante. Ella y Artyom tuvieron una hija, frágil y rosada, con ojos almendrados abiertos a un mundo desconocido. La llamaron Arishka.
Pero muy pronto, la alegre emoción dio paso a una fría y húmeda ansiedad. La pequeña estaba demasiado callada, demasiado aletargada. Amamantaba con dificultad, y su respiración a veces se interrumpía en un silbido ronco e intermitente. El médico del distrito, evitando su mirada, pronunció el veredicto: «Síndrome de Down». El mundo se encogió al tamaño de una oficina gubernamental, bañado por una luz fluorescente, y esa palabra, pesada como una lápida.
Los padres, conmocionados, condujeron en silencio de vuelta a su pueblo moribundo. El médico, intentando ser amable, les ofreció intentar conseguir una plaza en una institución especial. «Allí desarrollan a los niños, les enseñan...»
«¿Y después de eso? ¿Dónde?», preguntó Artyom con voz ronca, apretándose contra el asiento. «¿Un hospital psiquiátrico?»
"Una residencia de ancianos. O un internado psiquiátrico", corrigió, y esta corrección contenía todo el escalofriante cinismo del sistema.
El viaje a casa parecía interminable. Artyom habló primero, y su voz, normalmente tan firme, ahora temblaba y se quebraba:
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