MILLONARIO CONTRATA NIÑERA PARA SU HIJO CON DISCAPACIDAD Y LO QUE VE LE PARTE EL CORAZÓN!

Víctor Alemán era de esos hombres que parecían hechos de mármol: impecable, puntual, silencioso… y con la mirada de quien ya no espera nada bueno del mundo. En la ciudad lo conocían por sus hoteles de lujo, por las inauguraciones con flashes, por el reloj caro que brillaba en su muñeca como si el tiempo también le obedeciera. Pero en su casa, detrás de un portón negro que no dejaba ver nada, Víctor era solo un hombre cansado, lleno de un frío que no venía del clima, sino de una ausencia.

Desde que Sofía murió, la vida en esa casa dejó de tener música. Los pasillos se volvieron más largos, las noches más pesadas, y el silencio… el silencio se convirtió en una costumbre. A veces, incluso, parecía que Víctor se había olvidado de que era padre.

Julián, su hijo de siete años, vivía atrapado en un cuerpo que no le respondía. Parálisis cerebral, decían los doctores, como si dos palabras pudieran explicar lo que era ver a un niño querer reír sin poder, querer gritar sin voz, querer abrazar con brazos que apenas se movían. Julián pasaba la mayor parte del tiempo en su cuarto, sentado en una silla especial mirando por la ventana al jardín, rodeado de juguetes caros que nadie tocaba, de una televisión apagada y de una cama ajustable que crujía cuando lo movían. Las enfermeras iban y venían, una tras otra. Dos meses. Tres. A veces menos. Algunas se iban hartas, otras llorando. Casi todas decían lo mismo: “Es muy difícil… tiene episodios… se pone agresivo”.

Víctor escuchaba, firmaba el finiquito y volvía a encerrarse en su oficina como quien cierra la puerta para que no se le meta la culpa. Él no sabía cómo estar frente a su hijo sin que le doliera todo. Porque ver a Julián era ver el día en que su vida se partió.

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