En menos de una semana, la casa tenía otra respiración. En las mañanas sonaba música suave. En las tardes, Mariana sacaba a Julián al jardín, lo sentaba bajo una sombrilla, le enseñaba a presionar botones de una consola adaptada que decía frases cortas. A veces eran pitidos, a veces “hola”, a veces “quiero más”. Julián fallaba mucho, sí. Pero lo intentaba. Y eso ya era una revolución.
Un día, Mariana bajó por una paleta de hielo. Víctor estaba en la cocina.
—¿No deberían darte algo más decente de comer? —preguntó sin emoción.
—No es para mí —respondió ella, cerrando el congelador—. Es para Julián. Le relaja la mandíbula cuando se pone tenso. ¿O no quiere que su hijo disfrute algo?
Ese “¿o no quiere…?” lo dejó sin palabras. Mariana defendía al niño como si lo llevara en la sangre.
Otra tarde, Víctor entró sin avisar mientras ella le leía un cuento. Mariana ni se detuvo.
—¿Ese cuento lo inventaste tú? —preguntó él, incómodo.
—No. Pero le cambié cosas. A Julián le aburre como viene. Le gustan las versiones raras.
—¿Y cómo sabes eso?
Mariana levantó la mirada apenas.
—Porque lo veo. Lo escucho aunque no hable. No es tan difícil. Solo hay que estar.
“Solo hay que estar”. Esa frase le cayó a Víctor como un golpe suave pero exacto. Él, que había llenado la casa de aparatos, terapeutas, dinero… no había sabido hacer lo más básico: estar.
Cuando Mariana descubrió que el cumpleaños de Julián se acercaba, decidió hacer una celebración pequeña. Nada de gritos, nada de ruido. Solo guirnaldas de papel, música instrumental, un pastel de chocolate, gente cercana. Julián apareció con una camisa amarilla y un sombrerito. Mariana, jugando, le dibujó un bigote falso. El niño no se quejó. Parecía… divertido.
Víctor bajó con una camisa sin planchar, cosa rara en él. Se quedó mirando la escena como si no supiera dónde poner las manos. Pero ahí estaba. Presente.
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