Era una mañana gris y el asfalto mojado parecía presagiar la tragedia que estaba a punto de reescribir mi destino. Soy Mateo Sandoval, y hasta ese día, mi vida se medía en cifras, en acciones de bolsa y en la fría seguridad que otorga el dinero. Conducía mi Mercedes con la arrogancia de quien cree tener el control absoluto, pensando en la reunión con Eduardo, mi socio y supuesto mejor amigo, para discutir unas discrepancias financieras que me tenían inquieto. Pero el destino, caprichoso y brutal, tenía otros planes. En una curva cerrada, los frenos simplemente no respondieron. El pánico es un sabor metálico en la boca, una fracción de segundo donde la vida pasa ante tus ojos no como una película, sino como una serie de arrepentimientos. El impacto fue devastador. El sonido del metal retorciéndose, el dolor agudo en el pecho, y luego, la oscuridad absoluta.
Desperté en una sala de hospital, aturdido, rodeado de pitidos rítmicos y olor a desinfectante. El dolor era un recordatorio constante de que seguía vivo, pero lo que realmente me despertó no fue el bisturí ni las voces de los médicos, sino una conversación al otro lado de la cortina. Eran dos enfermeras. Hablaban con indignación. “Ni siquiera preguntó si estaba vivo, solo le importaba el seguro y si el coche tenía arreglo”, decía una. “¿La esposa?”, preguntó la otra. “Sí, qué frialdad. Pobre hombre”. Esas palabras se clavaron en mi alma más profundo que cualquier herida física. Valentina, mi esposa, la mujer con la que me había casado hacía menos de un año tras la muerte de la madre de mis hijos, no estaba preocupada por mí; estaba preocupada por su patrimonio. En ese instante, tomé la decisión más arriesgada de mi vida: cerrar los ojos. Decidí fingir. Si el mundo creía que Mateo Sandoval era un vegetal, quizás, solo quizás, mostrarían sus verdaderos rostros. El médico, mi viejo amigo el Dr. Velarde, entró poco después. Le confesé mi plan en un susurro desesperado, suplicándole complicidad. A regañadientes, aceptó decir que mi estado era crítico, una inconsciencia indefinida. Me convertí en un espía en mi propio cuerpo, un fantasma presente. Lo que no sabía era que esa decisión me llevaría a descender a los infiernos de la traición humana, pero también me elevaría hacia una redención que jamás imaginé posible, gracias a una voz que nunca antes había escuchado realmente.
El traslado a casa fue una tortura silenciosa. Me instalaron en mi habitación, esa que había decorado con tanto esmero, y que ahora se sentía como un mausoleo. Valentina entró. No hubo caricias, no hubo palabras de aliento. Solo escuché el repiqueteo de sus tacones y su voz al teléfono: “Ya está aquí, Eduardo. Es un bulto. Los médicos dicen que no hay mucho que hacer. Solo es cuestión de tiempo para que tengamos todo”. Sentí cómo la bilis subía por mi garganta. Eduardo. Mi socio. Mi hermano. Ambos conspiraban no solo para robarme, sino que celebraban mi desgracia. La soledad me abrazó con fuerza esa primera noche; una soledad millonaria, rodeada de lujos pero vacía de amor. Sin embargo, en la madrugada, cuando la casa dormía y los monstruos descansaban, la puerta se abrió con una suavidad reverencial.
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