Esperé a que se acercara a limpiarme el rostro, como hacía cada mañana. Sentí su respiración entrecortada por el llanto contenido. Abrí los ojos. De golpe. Lorena ahogó un grito y retrocedió, llevándose las manos a la boca, pálida como un papel. Antes de que pudiera salir corriendo o desmayarse, le hablé, con voz ronca por el desuso pero firme: “Lorena, no grites. Soy yo. Estoy bien”. Ella temblaba, incapaz de procesar el milagro. “Don Mateo… ¿es un fantasma?”. “No, Lorena. Estoy vivo. He estado despierto todo este tiempo. Lo sé todo”. Me incorporé lentamente, mis músculos protestando, y la miré a los ojos. “Sé lo de Valentina. Sé lo de Eduardo. Y sé lo de Camila”.
Al mencionar a su hija, se derrumbó de nuevo. “Perdóneme, don Mateo, no quería molestarlo con mis penas…”. La interrumpí tomando sus manos, esas manos santas que me habían cuidado. “No tienes nada que perdonar. Escúchame bien: Camila no se va a morir. Hoy mismo tendrás el dinero. Tendrá los mejores médicos. Yo me voy a encargar de todo”. Lorena lloraba ahora de incredulidad, negando con la cabeza, diciendo que no podía aceptarlo. “Tú salvaste a mis hijos del desamor, Lorena. Tú me cuidaste cuando mi propia esposa deseaba mi muerte. Déjame salvar a tu hija. No es un regalo, es justicia”.
Ese día sellamos un pacto. Lorena se convirtió en mis ojos y oídos, mi cómplice. Hicimos la transferencia desde mi celular, que ella trajo a escondidas. Al ver la confirmación del banco, su mirada cambió; ya no era la mirada de una víctima, sino la de una madre que acaba de arrebatarle su hija a la muerte. “Vaya al hospital, pague todo, diga que fue un donante anónimo. Y actúe normal. Ellos van a caer, pero necesito tiempo”. Lorena se irguió, se secó las lágrimas y asintió. Salió de esa habitación no como una empleada, sino como una guerrera.
La semana siguiente fue una obra maestra de espionaje. Con la ayuda de Lorena, un investigador privado y micrófonos ocultos, recopilé cada prueba. Grabaciones de sus planes, desvíos de fondos, la confesión del sabotaje a mi coche. Mientras tanto, mis hijos, que ya sabían la verdad en secreto gracias a Lorena, entraban a abrazarme cuando “la bruja” no estaba. Sentir sus bracitos rodeándome me dio la fuerza que ninguna medicina podía otorgarme. Camila comenzó su tratamiento y respondía bien; Lorena me traía sus dibujos de agradecimiento al “ángel misterioso”. Mi corazón, antes de piedra, latía ahora con un propósito feroz.
El día del juicio final llegó con la visita del notario para firmar mi incapacidad permanente. Valentina y Eduardo estaban eufóricos, vestidos de gala, brindando antes de tiempo. Habían citado al Dr. Velarde, pensando que firmaría el acta. Lo que no sabían era que Velarde estaba de mi lado. Cuando subieron a la habitación, esperando encontrar al “bulto”, me encontraron sentado en el borde de la cama, afeitado, vestido y con una mirada que podría haber congelado el infierno.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
