El momento de la verdad había llegado, pero no era él quien iba a hablar primero. El ruido de la lluvia golpeando el techo de lámina de la parada de autobús creaba una burbuja de aislamiento acústico. El mundo de lujos, traiciones y mentiras había quedado atrás, allá arriba en la colina, dentro de la mansión iluminada. Aquí abajo, en la oscuridad y el frío, solo existía la verdad. Thiago miró a Gabriela. Estaba empapada hasta los huesos. Su uniforme azul estaba pegado a su cuerpo y temblaba violentamente, pero no soltaba sus manos.
Estaba transfiriendo el poco calor corporal que le quedaba a él. ¿Qué pasa, Gabriela?, preguntó Thiago. ya no usó su voz de enfermo. Habló con su voz normal, firme y profunda. Pero Gabriela, curiosamente no pareció sorprenderse. Gabriela respiró hondo, bajó la mirada hacia las manos de Thiago y luego volvió a subirla a sus ojos. “Señor, yo sé que usted no está paralítico”, soltó ella. El mundo de Thiago se detuvo por un segundo. El trueno que retumbó a lo lejos pareció insignificante comparado con esa confesión.
¿Qué? Preguntó él genuinamente sorprendido. Había engañado a los mejores médicos con sobornos, a su esposa, a sus socios. ¿Cómo podía saberlo ella? Lo sé desde hace tres días”, continuó Gabriela hablando rápido, como si necesitara sacar el secreto de su pecho. La noche que volvió del hospital, entré a su cuarto a limpiar cuando pensé que dormía. Lo vi mover las piernas, lo vi estirarse. Al principio me asusté, pensé que era un milagro, pero luego luego lo vi mirando una foto de la señora Valeria con una expresión de de tristeza y cálculo.
Gabriela apretó las manos de él con más fuerza. Entendí que usted estaba probándola, que estaba buscando algo que el dinero no puede comprar, la verdad. Por eso no dije nada. Por eso le seguía el juego cuando la señora Valeria lo insultaba. Por eso le daba las medicinas falsas que usted escupía en la servilleta cuando creía que nadie lo veía. Yo las tiraba a la basura para que ella no las encontrara. Thiago se quedó mudo. Sintió una opresión en el pecho, pero esta vez era de gratitud pura.
Todo este tiempo él pensaba que estaba solo en su trinchera, observando al enemigo, pero no estaba solo. Tenía un aliado en las sombras, un ángel guardián con guantes amarillos. ¿Por qué?, preguntó Thiago con la voz ronca por la emoción. ¿Por qué no me delataste? Valeria te habría pagado una fortuna por esa información. Podrías haberte ido de aquí, haber ayudado a tu madre. Gabriela negó con la cabeza. Una sonrisa triste pero digna apareció en sus labios. El dinero de la traición es dinero maldito, señor.
Se acaba rápido y deja el alma sucia. Además, Gabriela miró hacia el banco donde los gemelos, Mateo y Lucas, comían sus chocolates ajenos al drama de los adultos. Es por ellos, por los niños. Gabriela metió la mano dentro de su ropa, sacando un sobre de plástico hermético que había mantenido pegado a su piel para protegerlo de la lluvia. Hace un mes antes de su accidente, la señora Valeria estaba hablando por teléfono. Estaba borracha. Dejó caer esto. Gabriela le entregó el sobre.
Son los resultados de una prueba de ADN que ella se hizo a escondidas. Thiago tomó el sobre con manos que ya no fingían debilidad. Lo abrió bajo la luz tenue de la farola de la calle. Era un documento oficial de un laboratorio genético. Resultado de paternidad. Excluido. Madre. Valeria Montemayor. Padre desconocido. Thiago frunció el seño. Confundido. No entiendo, Gabriela. Mateo y Lucas son mis hijos biológicos. Mi primera esposa murió en el parto, pero yo sé que son míos.
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