Se lanzó sobre el asfalto, raspándose las rodillas, tratando de alcanzar el metal frío antes que la esposa del millonario. Sus dedos rozaron la empuñadura. No”, gritó Valeria. Valeria, furiosa por haber perdido el documento millonario, le propinó una patada brutal a Gabriela en las costillas. El sonido sordo del impacto hizo que Thiago cerrara los ojos por un microsegundo, sintiendo el dolor de ella como propio. Gabriela soltó un gemido agudo y rodó por el suelo, quedándose sin aire, incapaz de alcanzar el arma.
Valeria recogió la pistola, se puso de pie temblando, empapada, con el maquillaje corrido haciéndola parecer un payaso diabólico. Ya no apuntaba con firmeza. Sus manos temblaban por la adrenalina y el frío, lo que la hacía aún más peligrosa. Se acabó, chilló Valeria, apuntando indiscriminadamente entre Gabriela, que se retorcía de dolor en el suelo, y Thiago. Me has arruinado la vida por última vez, sirvienta del demonio. Perdí el papel. El viento se lo llevó. Ahora tengo que matarlos.
Tengo que matarlos a todos y decir que fue un secuestro que salió mal. Roberto, limpiándose los ojos con la manga, recuperó la visión borrosa y corrió hacia Valeria. “Dámela”, le arrebató el arma. “Tú no tienes las agallas, yo lo hago.” Roberto caminó hacia Thiago. El cañón de la pistola brilló bajo la luz. Estaba a un metro, la distancia perfecta. Thiago tensó los cuádriceps. El momento había llegado, pero Roberto no apuntó a Thiago, apuntó hacia el banco de cemento, hacia los gemelos.
“Si el padre sufre, firma más rápido”, dijo Roberto con una sonrisa sádica. “Vamos a ver qué pasa si le hago un agujero a uno de los rubiecitos. El llanto de Mateo y Lucas se había convertido en un grito desgarrador, una súplica infantil que perforaba la tormenta. Al ver al hombre malo apuntarles con esa cosa negra, los niños se abrazaron entre sí, temblando de terror puro. Gabriela, desde el suelo, intentó levantarse. Se agarraba el costado donde Valeria la había pateado, tosiendo agua y dolor.
No, a ellos no. Máteme a mí”, gritó Gabriela, arrastrándose por el lodo hacia las botas de Roberto, agarrándole el tobillo en un último intento desesperado por detenerlo. “Son bebés, por favor, tenga piedad.” Roberto la miró con asco y la sacudió con una patada seca en el hombro, haciéndola caer de espaldas nuevamente. “Quítate basura.” Roberto volvió a alzar el arma, apuntando directamente a la cabeza de Mateo. Thiago, voy a contar hasta tres si no me prometes ante una grabación de video que nos das todo mañana mismo, disparo uno.
El mundo se ralentizó para Thiago. Podía ver las gotas de lluvia caer en cámara lenta. Podía ver el terror en los ojos de sus hijos. podía ver la desesperación y el amor incondicional en el rostro de Gabriela, tirada en el fango, dispuesta a morir por unos hijos que no eran suyos. Y podía ver la arrogancia estúpida de Roberto y Valeria. Ellos creían que tenían el control porque tenían un arma, pero olvidaban algo básico. Un arma solo es peligrosa si quien la sostiene es más rápido que la furia de un padre.
Dos”, dijo Roberto apretando el dedo en el gatillo. “Suelta a mi hijo Roberto.” La voz no sonó como la de un enfermo. No hubo carraspeo, ni debilidad, ni temblor. Fue una orden, un comando militar profundo, resonante y cargado de una autoridad tan absoluta que pareció cortar la lluvia misma. Roberto se detuvo. El tono de voz fue tan inesperado, tan disonante con la imagen del inválido, que su cerebro tardó un segundo en procesarlo. Bajó el arma unos centímetros confundido, y miró a Thiago.
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