Hacía años que no lloraba. La sinceridad de esa mujer, ofreciéndole su pobreza para salvarlo de su riqueza vacía, lo rompió por dentro. “Gracias, Gabriela”, dijo él con una voz que ya no sonaba tan débil. “Pero no será necesario mañana. Mañana todo va a cambiar. Solo necesito que confíes en mí. Pase lo que pase cuando llegue el notario, no intervengas hasta que yo te diga. ¿Me lo prometes? Gabriela no entendía, pero asintió. Se lo prometo, señor. Thiago miró hacia la ventana, donde las luces de la ciudad brillaban como monedas de oro en la oscuridad.
Mañana Valeria se llevaría la sorpresa de su vida y Gabriela, Gabriela recibiría lo que merecía. Pero ninguno de los dos sabía que Valeria tenía un as bajo la manga. Mientras bajaba las escaleras, sacó su teléfono y marcó un número. “Hola, mi amor”, dijo Valeria con una voz dulce y perversa. “Ven a la casa. El estúpido de mi marido está incapacitado en la cama. Podemos celebrar por adelantado. Y trae al notario corrupto. No vamos a esperar a las 9.
Lo haremos esta misma noche. Suscríbete para ver como la llegada del amante de Valeria desató el caos y la reacción impensable de Thiago cuando intentaron sacarlo de su propia cama a la fuerza. El sonido del timbre resonó en la mansión como una sentencia de muerte. Apenas habían pasado 30 minutos desde que Valeria hizo la llamada y el destino de Thiago parecía sellado. “Debe ser Roberto. Y trae el champán”, dijo Valeria con una sonrisa maliciosa, alisándose el vestido frente al espejo de cuerpo entero, ignorando deliberadamente a su esposo postrado en la cama.
Trata de no babear cuando lo veas, Thiago. Roberto es todo lo que tú ya no eres. Un hombre de verdad, fuerte, viril y pronto muy rico. Thiago no respondió. Mantuvo los ojos cerrados, regulando su respiración. Cada fibra de su cuerpo le pedía saltar de esa cama y estrangularla, pero la disciplina que lo había llevado a construir un imperio desde la nada era la misma que ahora lo mantenía inmóvil. Paciencia. Se repitió mentalmente, “Déjala que se confíe. Déjala que muestre todas sus cartas”.
La puerta de la habitación se abrió de par en par sin llamar. Entró Roberto, un socio menor de la firma de Thiago, un hombre que Thiago siempre había considerado un parásito adulador, pero inofensivo. Qué equivocado estaba. Roberto vestía un traje italiano impecable y traía una botella de don pereguiñón en una mano y dos copas en la otra. “Buenas noches, bella durmiente”, exclamó Roberto riendo mientras entraba y besaba apasionadamente a Valeria en los labios. Justo frente a los pies de la cama de Thiago.
¿Cómo está el vegetal más caro de la ciudad? Igual de inútil que siempre, respondió Valeria, devolviéndole el beso con una lascibia exagerada, asegurándose de que Thiago lo viera. Pero no te preocupes, mi amor, mañana será historia, o mejor dicho, esta misma noche, en cuanto llegue el notario. Thiago abrió los ojos lentamente. Ver a su amigo y socio besando a su esposa en su propia habitación mientras planeaban robarle su fortuna era una tortura psicológica diseñada al milímetro. Roberto”, murmuró Thiago con voz rasposa, fingiendo dificultad para hablar.
“Tú eras mi amigo. Te di trabajo cuando nadie”. Roberto soltó una carcajada y se acercó a la cama inclinándose sobre Thiago. El olor a colonia barata y alcohol golpeó la nariz del millonario. “Negocios son negocios, Thiago. Tú estás acabado. Mírate. Eres un peso muerto. Valeria merece a alguien que pueda satisfacerla en la cama y en el banco. Además, siempre te odié. Siempre tan perfecto, tan moral. Me enfermas. Roberto se giró y le sirvió una copa a Valeria.
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