Fue una sonrisa pequeña, casi imperceptible, pero helada. una sonrisa que no pertenecía a un hombre derrotado. “Tienes razón, Valeria”, dijo Thiago con su voz natural, potente y profunda, abandonando el tono rasposo de enfermo. “Todo termina aquí.” Valeria se congeló. Roberto frunció el ceño. El notario dejó de respirar. La mano de Thiago, que supuestamente estaba atrófica, se cerró alrededor de la muñeca de Valeria con una fuerza trituradora. Suscríbete para ver el momento exacto en que el inválido se pone de pie y el terror inunda habitación.
Suéltame. Me estás lastimando. Chilló Valeria jalando su brazo con desesperación. La fuerza en la mano de Thiago era antinatural para alguien que supuestamente llevaba días perdiendo masa muscular, pero el pánico de Valeria fue más fuerte que su lógica. Thiago abrió la mano bruscamente, soltándola como si su piel quemara. Valeria tropezó hacia atrás, cayendo sobre el regazo de Roberto, frotándose la muñeca donde las marcas rojas de los dedos de su esposo ya comenzaban a brotar. ¿Está loco?”, gritó ella con los ojos desorbitados, mirando a Thiago con una mezcla de miedo y odio.
“¿Vieron eso? Casi me rompe el hueso. Es un animal. Es peligroso. El notario, el licenciado Pérez, limpió el sudor de su frente con un pañuelo tembloroso. Señora Montemayor, si el Señor se niega a firmar y muestra eh agresividad, tal vez deberíamos posponer esto. La ley es clara sobre la coacción. Al con la ley interrumpió Roberto poniéndose de pie y ajustándose la chaqueta. No necesitamos su firma si declaramos que es un peligro para sí mismo y para los demás.
Valeria llama a seguridad. Se acabó la paciencia. Si no firma por las buenas, lo sacamos de aquí como la basura que es. Thiago permaneció en silencio, respirando profundamente. Había soltado a Valeria a propósito. Podría haber terminado todo en ese segundo, ponerse de pie y destruir a Roberto con sus propias manos, pero una voz en su cabeza le dijo que esperara. Necesitaba ver hasta dónde llegaba la traición. Necesitaba ver si los guardias de seguridad, hombres a los que él había pagado aguinaldos dobles durante años, también le darían la espalda.
Y sobre todo, necesitaba proteger a Gabriela y a los niños del caos físico, que se desataría si peleaba en ese espacio cerrado. “Seguridad”, gritó Valeria al intercomunicador de la pared. “Suban todos a la habitación. principal. Ahora, segundos después, cuatro hombres corpulentos uniformados entraron en la habitación. A la cabeza estaba el jefe de seguridad, Ramírez, un hombre que Thiago consideraba leal. “Señora, ¿qué sucede?”, preguntó Ramírez mirando confundido la escena. El millonario en la cama, la esposa despeinada, el amante bebiendo champán y la empleada llorando en un rincón.
Ramírez, saca a este hombre de mi casa”, ordenó Valeria señalando a Thiago. Se ha vuelto violento, me atacó y llévate a la sirvienta y a los niños con él a la calle. Ramírez parpadeó incrédulo. Miró a Thiago. Pero, señora, es el señor Thiago. Es su casa. Está lloviendo a cántaros afuera. Ya no es su casa. Intervino Roberto acercándose a Ramírez y poniéndole un fajo de billetes en el bolsillo de la camisa. A partir de mañana, yo soy el nuevo administrador y si quieres conservar tu empleo, harás lo que se te ordena, sácalos ahora o tú también te vas a la calle con ellos.
Ramírez dudó, miró el dinero, miró a Thiago postrado en la cama. La codicia y el miedo brillaron en sus ojos. Bajó la mirada. Lo siento, señor Thiago, murmuró Ramírez. Tengo familia que mantener. Thiago asintió levemente con una decepción que le pesó más que la parálisis fingida. No te preocupes, Ramírez, dijo Thiago con voz tranquila, helada. Haz lo que tengas que hacer, pero recuerda este momento. Menos charla y más acción. Ladró Valeria. Cárguenlo si es necesario y quítenle esa silla de ruedas eléctricas.
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