MILLONARIO INVITÓ A LA LIMPIADORA PARA HUMILLARLA… PERO ELLA LLEGÓ COMO UNA DIOSA

—Helena… necesito hablar contigo.

Ella giró todavia con el paño en la mano. Él la expansión sobre con una generosidad que no le llegaba a los ojos.

—Es para el baile benéfico de la próxima semana. El evento más importante del año. El “Baile de las Estrellas”, en el club hipico. Vestido largo, etiqueta, gala completa.

Helena tomó el sobre con dedos temblorosos. Sintió el peso del papel y el de algo más pesado todavia: la intención escondida.

—Señor… yo no entiendo.

Ricardo inclinó apenas la cabeza, como si le estuviera concediendo un privilegio.

—Pensé que sería interesante que vieras cómo viven las personas exitosas. Claro… si tienes el valor de aparecer.

El veneno iba envuelto en perfume. Helena tragó saliva. Hace tres meses, en una fiesta de la empresa, él la había acorralado en el ascensor con una sonrisa de conquistador seguro. Y ella, con el corazón golpeando en el pecho, le había dicho que no. Que no mezclaba trabajo con vida personal. Que lleno. Esa negativa simple lo había quemado por dentro como una ofensa imperdonable. ¿Como se atrevia una “simple” limpiadora a rechazarlo?

Ricardo salió dejando detrás un silencio raro. Helena bajó la vista hacia los detalles del convite: cena de mil reales por persona, subasta con pujas mienmas que daban vrtigo, exigencias de gala como si la dignidad dependiera de una tela cara. Sintió un nudo en la garganta. No por admiración, sino por la certeza de que aquello no era un regalo.

Esa noche, en su pequeño apartamento de Itaim Paulista, lo mostró a Carla, su compañera de cuarto, cocinera en un restaurante de barrio. Carla examinó el sobre, frunció el ceño y soltó una risa amarga.

—Eso no es cortesía. Es una trampa.

—¿Por qué haría algo así? —preguntó Helena, queriendo creer en una versión menos cruel del mundo.

—Porque le heriste el ego. Mi tia trabaja en casa de la madre de Ricardo hace años… y dice que él disfruta viendo a la gente pequeña.

Las palabras se le clavaron a Helena como astillas. Carla siguió, registrando historias de choferes humillados, secretarias obligadas a disculparse por pedir un aumento, empleados despedidos como especáculo. Helena miró sobre otra vez y, por primera vez, sintió rabia más que miedo.

—Entonces no voy —dijo, haciendo el gesto de romperlo.

Carla le sujetó la mano.

—Espera. ¿Y si vas… pero no como él espera? ¿Y si llegas tan hermosa que se les queda la boca abierta? ¿Y si le das la vuelta al juego?

Helena quiso reír, pero le salió un suspiro.

—¿Quieres dinero, Carla? Yo mando la mitad del sueldo a mi abuela en Minas. Apenas me alcanza para la universidad nocturna.

Carla la miró con esa terquedad de quien ama sin decirlo.

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