Carla introdujo el gotero a la fuerza. Una, dos, tres, cuatro dosis. El líquido espeso y amarillento desapareció en la garganta del niño. Leo tosió arcadas sacudiendo su pequeño cuerpo, pero tragó. La reacción fue casi inmediata, demasiado rápida para ser algo natural. En cuestión de segundos, la tensión en los músculos de Leo desapareció, reemplazada por una flacidez antinatural.
Sus párpados cayeron pesadamente. La luz en sus ojos se apagó. No se durmió. Se desconectó. Fue como si alguien hubiera cortado los cables de un muñeco. ¿Ves? Dijo Carla limpiándose una gota del líquido que le había caído en el dedo y tapando el frasco. Es por su bien. Sin esto se lastimaría. Ahora dormirá 12 horas seguidas.
Paz para él. Paz para nosotros. Alejandro miró a su hijo, que ahora yacía con la boca entreabierta, babeando ligeramente, convertido en el vegetal que los médicos describían. Sintió un impulso asesino de agarrar a Carla por el cuello y lanzarla por la ventana, pero se contuvo aferrándose al marco de la puerta hastaque la madera crujió.
No podía salvarlo hoy. Tenía que salvarlo para siempre. Y para eso necesitaba pruebas irrefutables. Necesitaba que el mundo viera al monstruo. “Tienes razón, amor”, mintió Alejandro con la voz muerta. “Tienes un don con él. No sé qué haría sin ti. Carla sonrió victoriosa guardando el frasco en su bolsillo en lugar de dejarlo en la mesa de noche.
Vamos abajo. Elena se quedará vigilando. Tú y yo necesitamos una copa de vino. Estoy exhausta. Mientras salían, Alejandro se giró un segundo. Elena estaba al pie de la cama llorando en silencio. Alejandro le hizo un gesto imperceptible con la cabeza. Aguanta. La madrugada llegó envuelta en un silencio sepulcral.
La mansión dormía, o al menos eso parecía. Carla roncaba suavemente en la habitación principal bajo los efectos de dos copas de Chardonei y la satisfacción de haber controlado la crisis. Pero Alejandro estaba completamente despierto, vestido con ropa negra, moviéndose como un fantasma por su propia casa. había esperado hasta las 3:0 am para ejecutar la primera fase de su plan.
Entró en su despacho y abrió la caja fuerte oculta tras un cuadro. De ella no sacó dinero, sino un estuche negro que solía usar para espionaje industrial en sus empresas. Microcámaras de alta definición del tamaño de un botón con transmisión en tiempo real a la nube. Se dirigió primero al cuarto de Leo. La puerta chirrió levemente, pero el niño, bajo el efecto de los sedantes, no se movió.
Alejandro sintió una punzada de dolor al ver a su hijo en ese coma químico, pero transformó el dolor en precisión. trabajó rápido. Instaló una cámara en el ojo de cristal de un oso de peluche que estaba en una estantería alta. Otra quedó oculta en el detector de humo del techo. Una tercera, con micrófono de alta ganancia fue colocada discretamente detrás de la cortina, apuntando directamente a la cama.
Luego bajó a la sala principal y al jardín. Colocó dispositivos en las lámparas, en los marcos de los cuadros y uno estratégico en la cocina, donde sabía que Elena y Carla interactuaban más. Cada ángulo estaba cubierto, cada mentira quedaría registrada en 4K. Al volver a subir, pasó por el baño del pasillo.
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