La fiesta estaba en su apogeo. La música había subido de volumen. Elena pasaba entre las invitadas con bandejas de canapés invisible para ellas, tratada como un mueble más. Pero Alejandro notó algo en la postura de la empleada. Elena no miraba a las invitadas, miraba el reloj, miraba la puerta del sótano. Estaba tensa como un resorte a punto de soltarse.
Aprovechando que Carla estaba ocupada contando una anécdota sobre su último viaje a París, Elena dejó la bandeja sobre una mesa auxiliar y se deslizó hacia la cocina. Alejandro cambió de cámara rápidamente para seguirla. La vio rebuscar en los cajones con desesperación. No buscaba comida, buscaba algo metálico, un destornillador, un cuchillo, algo para forzar la cerradura. “No lo hagas, Selena.
Te va a matar”, susurró Alejandro a la pantalla con el corazón en la garganta. Sabía que si Carla la descubría intentando abrir la puerta, la violencia sería inmediata. Pero Elena no se detuvo. Encontró un viejo cuchillo de untar mantequilla y corrió hacia la puerta del sótano. Intentó meter la punta en la cerradura, sus manos temblando violentamente.
El ruido metálico, aunque leve, resonó en el silencio de la cocina. Crack. El sonido no vino de la puerta, vino de la entrada de la cocina. ¿Qué crees que estás haciendo, sucia traidora? Alejandro vio como Carla aparecía en el marco de la puerta, su rostro transformado por una ira demoníaca. Había escuchado, había seguido a la empleada.
Elena soltó el cuchillo que cayó al suelo con un estruendo que pareció un disparo. Señora, yo escuché un ruido. Pensé que el niño se había caído. Balbuceó Elena, retrocediendo hasta chocar contra la puerta del sótano, protegiéndola con su cuerpo. Pensaste. Tú no estás aquí para pensar, estás aquí para servir. Siseó Carla, avanzando hacia ella con la copa de vino aún en la mano.
Su elegancia había desaparecido. Ahora era una depredadora acorralando a su presa. Te dije que no abrieras esa puerta. Te dije que si lo hacías te arrepentirías. ¿Crees que puedes desafiarme en mi propia casa? Él está despierto, señora,”, dijo Elena, y por primera vez levantó la voz. No gritó, pero habló con una firmeza que hizo que Carla se detuviera un segundo.
Está despierto y tiene miedo. Es un niño. No puede dejarlo ahí en la oscuridad. Es inhumano. Inhumano. Carla soltó una carcajada estridente que eló la sangre. Inhumano es tener que cuidar a un que no sirve para nada. Él es un error genético y tú eres un error laboral. Y voy a corregir ambos ahora mismo.
Carla levantó la mano. No para abofetearla. Alejandro vio el brillo del cristal. Iba a golpearla con la copa de vino. Iba a cortarle la cara. Alejandro no esperó más. No pensó. No planeó. Salió de la casa de huéspedes como un misil, sin cerrar la puerta, sin apagar la laptop. Corrió por el jardín oscuro, saltando los setos, ignorando el dolor en sus pulmones, impulsado por una única necesidad, llegar antes de que la sangre manchara el suelo de su cocina.
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