Mientras corría, sacó el teléfono y marcó un número pregrabado con una sola tecla. Seguridad: bloqueen las salidas. Que nadie salga de la propiedad. Repito, nadie sale. Activen el protocolo rojo. Llegó a la terraza trasera en segundos. A través de los ventanales vio a las invitadas charlando, ajenas a la violencia que ocurría a metros de ellas.
Alejandro no usó la puerta, tomó una silla de hierro forjado del patio y la lanzó con toda su fuerza bruta contra el ventanal de vidrio templado de la sala. El estruendo del vidrio rompiéndose fue más fuerte que la música, más fuerte que las risas. Fue el sonido del juicio final llegando a casa.
Las invitadas gritaron cubriéndose la cabeza mientras una lluvia de cristales caía sobre la alfombra persa. Alejandro entró por el hueco roto, sangrando por un corte en la mano con la mirada de un loco y la postura de un verdugo. Las amigas de Carla se quedaron paralizadas con las copas a medio camino de sus bocas. Alejandro, chilló una de ellas.
Dios mío, ¿qué pasa? Alejandro no las miró, cruzó la sala como una tormenta, tirando una mesa a su paso y se dirigió directoa la cocina. Llegó justo en el momento en que Carla tenía a Elena agarrada por el cabello con la copa levantada para golpear. “Suéltala”, rugió Alejandro. un grito tan viseral que hizo vibrar las paredes.
Carla se giró y la copa se le resbaló de los dedos estallando en el suelo. Su rostro pasó del rojo de la ira al blanco del terror absoluto en una fracción de segundo. Vio a Alejandro cubierto de polvo, con la mano sangrando, respirando agitadamente, y en sus ojos no vio a su prometido. su final. El silencio que siguió al grito de Alejandro fue más ensordecedor que el estallido del vidrio momentos antes.
En la cocina el tiempo pareció congelarse en una burbuja de tensión insoportable. Carla, con la mano aún levantada donde segundos antes sostenía la copa, miraba a Alejandro como si estuviera viendo a un fantasma resurgido de la tumba. Su rostro, una máscara de maquillaje perfecto, comenzó a desmoronarse, revelando el pánico puro que palpitaba debajo.
Elena, encogida contra la puerta del sótano, soyaba en silencio, con los ojos muy abiertos, incapaz de procesar que el patrón estuviera allí, sangrando y furioso, en lugar de estar volando hacia Londres. “Alejandro, mi amor”, comenzó Carla. su voz temblando en un intento patético de recuperar su tono meloso habitual. Bajó la mano lentamente, forzando una sonrisa que parecía una mueca de dolor.
Dios mío, qué susto me has dado por qué entraste así. ¿Estás herido? Mira tu mano. Ella dio un paso hacia él, extendiendo los brazos como si quisiera abrazarlo, intentando desesperadamente restablecer la normalidad, convertir la escena de violencia doméstica en un malentendido desafortunado. “No te acerques”, dijo Alejandro.
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