MILLONARIO LLEGA MÁS TEMPRANO A CASA DE CAMPO… Y CASI SE DESMAYA CON LO QUE VE

“Suscríbete para descubrir por qué este momento destapó una red de mentiras que cambiaría sus vidas para siempre.” Alejandro reanudó su marcha, esta vez con pasos más firmes, aunque su mente era un torbellino. Cada metro que avanzaba hacia ellos rompía un poco más la imagen que le habían vendido de su propio hijo. Leo no tenía la mirada perdida en el vacío.

Sus ojos marrones, tan parecidos a los de su madre fallecida, estaban fijos en el rostro de Elena con una adoración absoluta. No había rastro de la rigidez muscular que justificaba la silla de rueda roja aparcada a unos metros, vacía y olvidada como un mal presagio. El niño se sostenía con fuerza, sus pequeños dedos apretando la tela del uniforme azul.

Alejandro pisó el césped y el crujido de la hierba bajo sus zapatos de diseñador rompió la burbuja mágica. Elena se congeló en medio del movimiento. Su instinto fue inmediato y visceral. Sintió la presencia de alguien antes de verlo y la sonrisa luminosa que tenía en el rostro se desvaneció, reemplazada por una palidez mortal.

Giró la cabeza bruscamente y sus ojos se encontraron con la figura imponente de Alejandro, de pie a contraluz, con el rostro indescifrable y los puños apretados a los costados. El terror puro inundó la mirada de la joven. Sabía que las reglas de la casa eran estrictas. El personal de limpieza tenía prohibido interactuar con el joven amo más allá de lo estrictamente necesario para la higiene.

Carla había sido muy clara. Si lo tocas, lo alteras. Si lo alteras te vas a la calle sin referencia. Elena soltó el aire de golpe, bajando suavemente a Leo hacia el césped, tratando de poner distancia entre su cuerpo y el del niño, como si estuviera siendo atrapada cometiendo un crimen terrible. Pero Leo no quería soltarla.

El niño gimió un sonido de protesta claro y humano y volvió a aferrarse a la manga de su uniforme, manchando la tela con sus dedos llenos de tierra. Señor, señor Alejandro. balbuceó Elena, poniéndose de rodillas rápidamente, sin atreverse a levantarsedel todo, con las manos enguantadas en amarillo, temblando visiblemente frente a su pecho.

Yo lo siento mucho, no vi la hora. No sabía que llegaría temprano. Por favor, no se enoje. Él estaba Él solo quería jugar un poco. Alejandro no respondió de inmediato. Su silencio era pesado, cargado de una intensidad que Elena interpretó como la antesala de un despido fulminante. Ella bajó la cabeza esperando los gritos, esperando la humillación que solía recibir de la señora Carla.

Pero los gritos no llegaron. En su lugar, Alejandro observaba a su hijo. Leo, al notar la tensión en Elena, había dejado de reír. Su rostro se transformó, pasando de la alegría a una preocupación alerta. El niño se arrastró por el suelo, se arrastró con fuerza y coordinación y se colocó delante de Elena, levantando sus pequeños brazos como un escudo, mirando a su propio padre con desconfianza.

Ese gesto golpeó a Alejandro más fuerte que cualquier insulto. Su hijo, el inválido emocional, estaba tratando de proteger a la sirvienta de su propio padre. No te muevas, ordenó Alejandro, su voz sonando ronca, casi irreconocible para sus propios oídos. No era un grito, era una súplica disfrazada de mandato.

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