Pero antes de que pudiera procesar el milagro, el sonido de un motor potente rugió en la entrada principal. Un deportivo rojo frenó con un chirrido de neumáticos sobre la grava. El cuerpo de Leo reaccionó instantáneamente. La sonrisa desapareció. Los hombros se tensaron y sus ojos se vidriaron, volviendo a esa mirada vacía y perdida que Alejandro conocía también.
Elena se puso pálida como un papel. Es ella, susurró la empleada, recogiendo los guantes del suelo con manos torpes. Señor, por favor, si me ve jugando con él. La transformación de Leo fue la prueba definitiva. No era una enfermedad, era terror. Alejandro sintió como la sangre le hervía en las venas, una furia volcánica que amenazaba con explotar, pero sus años en los negocios le habían enseñado una lección vital.
Nunca ataques cuando el enemigo no sabe que estás ahí. miró hacia la casa donde los tacones de Carla ya resonaban en el vestíbulo, y luego miró a Elena. “Levántate”, dijo Alejandro. Su voz fría y calculadora, “Un tono que usaba para destruir competidores. Ponte los guantes, actúa como si nada hubiera pasado, señor.
” Elena lo miró sin entender. Escúchame bien, Elena. Alejandro la agarró suavemente por los hombros, mirándola fijamente a los ojos. A partir de este momento, tú y yo somos aliados. Nadie, absolutamente nadie, puede saber lo que acabo de ver. Hoy no voy a confrontarla. Hoy voy a empezar a destruirla.
Alejandro se puso de pie, se sacudió el polvo del traje y con una última mirada a su hijo, que ya había vuelto a su estado catatónico fingido, corrió hacia la puerta lateral del servicio. Voy a entrar por el despacho. Ella creerá que estoy trabajando. Cuando ella salga aquí, quiero que observes todo, porque esta noche todo va a cambiar.
Desde la ventana del despacho, oculta tras unas pesadas cortinas de terciopelo que olían a polvo y antigüedad, Alejandro observaba la escena con la respiración contenida, como un francotirador, esperando el momento de disparar. Su corazón latía con una violencia que le dolía en las costillas, un tamborileo sordo que acompañaba la llegada de la mujer con la que planeaba casarse en dos meses.
El contraste era brutal, casi cinematográfico. El jardín, que minutos antes había sido un escenario de risas y milagros bajo el sol dorado, se oscureció metafóricamente en el instante en que Carla apareció enel marco de la puerta francesa. No caminaba, desfilaba, llevaba unos tacones de agujas rojos que se clavaban con saña en el césped perfecto, arruinando la hierba con cada paso, una metáfora perfecta de lo que había hecho con sus vidas.
Vestía impecable, con gafas de sol de marca que cubrían la mitad de su rostro y un bolso que costaba más que el sueldo anual de Elena. Pero lo que heló la sangre de Alejandro no fue su ropa, sino su lenguaje corporal. Desde la seguridad de su escondite, vio como la postura de Carla irradiaba una agresividad tensa, eléctrica.
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