No había nadie más alrededor, o al menos eso creía ella. Así que la máscara de madre abnegada y sufrida había caído al suelo junto con sus llaves. ¿Qué demonios están haciendo? El grito de Carla atravesó el vidrio doble del despacho, amortiguado, pero inconfundiblemente cargado de veneno. Alejandro vio a Elena encogerse físicamente, un reflejo condicionado de quien ha recibido demasiados golpes verbales.
La empleada se puso de pie de un salto bajando la cabeza con las manos entrelazadas sobre el delantal sucio. Pero lo peor fue Leo, su hijo, el niño que hacía 5 minutos decía avión y gateaba con fuerza. Se derrumbó sobre sí mismo como un castillo de naipes. Sus hombros se curvaron, sus brazos se pegaron al cuerpo en una rigidez espasmódica, y su rostro, antes iluminado por la alegría, se vació de toda expresión.
la boca de pez, como la llamaban los médicos, esa mirada vidriosa hacia la nada. Alejandro apretó el puño contra el alfizar de la ventana hasta que los nudillos se le pusieron blancos. No era autismo, era un mecanismo de defensa. El niño se hacía el muerto para sobrevivir al depredador. “Míralo”, chilló Carla, señalando a Leo con un dedo acusador que tenía una uña perfectamente manicurada.
“Está asqueroso, lleno de tierra y pasto. Te pago para que lo revuelques como a un animal o para que lo mantengas limpio.” Elena intentó hablar. sus labios moviéndose en una disculpa silenciosa, pero Carla no la dejó. La mujer avanzó hacia el niño con pasos rápidos. Alejandro sintió el impulso víceral de romper el cristal y saltar al jardín, pero se obligó a quedarse quieto. “Mírala”, se ordenó a sí mismo.
“Necesitas ver de qué es capaz cuando cree que no la ves.” Carla llegó hasta Leo y, en lugar de agacharse para limpiarlo o regañarlo suavemente, lo agarró por el brazo. No fue un toque maternal, fue un tirón brusco, seco, violento. levantó el brazo del niño como si fuera un muñeco de trapo roto. Leo no se quejó, no lloró, simplemente se dejó manipular colgando de la mano de ella inerte.
Esa pasividad aterrorizó a Alejandro más que cualquier llanto. Significaba que esto era rutina. Significaba que Leo había aprendido que resistirse era peor. “Eres un inútil”, siseó Carla, acercando su rostro al del niño, aunque Alejandro tuvo que leerle los labios para entender la frase completa. “Me descuidé 5 minutos y ya pareces un poriosero.
Si tu padre te ve así, va a pensar que no te cuido. Y si él piensa eso, se acaba el dinero para tus dulces.” ¿Entiendes? sacó un pañuelo de su bolso y comenzó a frotar la cara de Leo con fuerza, casi raspándole la piel para quitarle una mancha de tierra. La cabeza del niño se sacudía con cada movimiento brusco de la mano de ella.
Elena dio un paso adelante, un acto de valentía suicida. Señora, por favor, le va a lastimar la piel”, dijo la empleada, su voz temblorosa llegando apenas al despacho. Carla se giró con la velocidad de una víbora. “¡Cállate, estúpida!”, le gritó lanzándole el pañuelo sucio a la cara. “Tú eres la culpable.
Vete a la cocina y prepara sus gotas. La dosis doble está demasiado alterado por tu culpa. Necesita dormir antes de que llegue Alejandro. No quiero que lo vea así de defectuoso. Dosis doble. Las palabras resonaron en la mente de Alejandro como un disparo. Recordó las facturas mensuales de la farmacia. Sedantes pediátricos de amplio espectro.
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