MILLONARIO LLEGA MÁS TEMPRANO A CASA DE CAMPO… Y CASI SE DESMAYA CON LO QUE VE

Los médicos decían que eran para controlar sus ataques de ira. Ahora entendía que los ataques de ira eran inventados. Las gotas no eran para calmarlo, eran para apagarlo. Eran para convertir a un niño sano en un mueble silencioso que no molestara los planes de la futura señora de la casa. Alejandro sintió una lágrima caliente y solitaria rodar por su mejilla.

Había estado pagando mes tras mes para que drogaran a su propio hijo. Alejandro se apartó de la ventana respirando hondo para controlar el temblor de sus manos. tenía que salir ahí, tenía que actuar, pero no podía ser el padre furioso, tenía que ser el estratega frío. Si la confrontaba ahora con gritos, ella lloraría.

Diría que estaba estresada, culparía a Elena, manipularía la situación como siempre hacía. No necesitaba que ella se cabara su propia tumba. Se aflojó la corbata, se desabrochó el botón superior de la camisa para parecer cansado y abrió la puerta del despacho que daba al pasillointerior, no al jardín. caminó pesadamente hacia la entrada principal de la casa, haciendo sonar sus zapatos contra el mármol, anunciando su presencia como si acabara de entrar por la puerta grande.

“¡Carla, ya estoy en casa!”, gritó con una voz que fingía agotamiento y normalidad. El efecto en el jardín fue instantáneo. A través de la puerta abierta de la sala, vio como Carla soltaba el brazo de Leo como si quemara. En menos de 2 segundos su postura cambió radicalmente. Se alizó el vestido, se pasó una mano por el cabello para acomodarlo y compuso una sonrisa brillante, ensayada, perfecta.

Se agachó rápidamente junto a Leo y con una suavidad que daba náuseas ver, comenzó a acariciarle la mejilla que segundos antes había estado frotando con violencia. Alejandro, mi amor”, exclamó ella girándose hacia la casa con los ojos iluminados. “¡Qué sorpresa, llegaste tempranísimo.” Alejandro salió al jardín, obligando a sus piernas a caminar despacio, obligando a sus labios a esbozar una sonrisa cansada.

Sus ojos escanearon la escena. Elena estaba pálida, recogiendo el pañuelo del suelo con los ojos clavados en la hierba. Leo seguía en su modo estatua, mirando un punto fijo en el horizonte. “La reunión terminó antes”, mintió Alejandro, acercándose a ella y dándole un beso en la mejilla. Sintió el perfume costoso de Carla y tuvo que contener las ganas de vomitar.

Quería verlos. ¿Cómo están? ¿Cómo estuvo el día? Fue una pregunta trampa, una prueba simple. Carla suspiró dramáticamente, poniendo una mano sobre su pecho, interpretando el papel de la mártir. “¡Ay, amor, ha sido un día difícil”, dijo con voz afligida, mirando a Leo con una falsa tristeza.

“El pobre ha estado terrible hoy.” Gritó toda la mañana. Se golpeó la cabeza contra la pared. Tuve que luchar para que no se lastimara. Los médicos tienen razón. Su condición está empeorando. Apenas pude sacarlo al jardín hace un minuto para que le diera el aire, pero mira, ni siquiera reacciona. Está completamente ido. Alejandro sintió que la sangre le hervía. Gritó toda la mañana. Mentira.

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