millonario notó algo extraño. Mientras todos entraban en pánico durante el asalto, la mesera se mantuvo tranquila sin miedo alguno. Lo que pasó después reveló que no era una muchacha común y corriente. Don Alejandro Torres ajustó su reloj de platino mientras observaba el elegante comedor del restaurante El Jardín de San Ángel, su más reciente adquisición en el mundo de la alta cocina en la Ciudad de México. A sus 33 años había construido un imperio de hoteles y restaurantes valuado en más de 3,000 millones de pesos. Esa noche la visita de inspección a su nueva propiedad era solo un asunto más de rutina.
El lugar, distinguido con estrellas Micheline, funcionaba con una eficiencia silenciosa. Las copas de cristal reflejaban la luz cálida de las lámparas de diseño. “Todo parece estar en orden, señor Torres”, le susurró su asistente, pero don Alejandro apenas la escuchó. Su atención la había capturado una joven que se movía entre las mesas con una gracia poco común. A diferencia de los otros meseros que se ponían nerviosos en su presencia, esta muchacha llevaba una confianza serena. Su largo cabello negro, recogido en una sencilla coleta, dejaba ver rasgos finos de origen asiático y unos ojos que no se les escapaba nada.
María Chan había notado al hombre imponente con traje caro desde que entró acompañado de su séquito. Llevaba se meses trabajando en el jardín de San Ángel, tiempo suficiente para reconocer cuando el dueño hacía una de sus visitas sorpresa. Los demás meseros cuchichaban nerviosos sobre la fama de perfeccionista de don Alejandro Torres y de cómo despedía a la gente en el acto por errores pequeños. Pero María había pasado por cosas peores que jefes exigentes. Desde hace mucho aprendido que lo mejor era mantener la cabeza baja y hacer bien su trabajo para pasar desapercibida.
Con permiso, la voz de don Alejandro interrumpió sus pensamientos mientras ella equilibraba una charola con copas de vino. Maneja esas copas como si llevara años en esto, pero no se mueve como alguien que ha sido mesera toda la vida. María se detuvo y miró directamente aquellos ojos azules intensos con sus propios ojos oscuros y firmes. Me muevo como alguien que necesita este trabajo, señor Torres. ¿Hay algo en particular que requiera? La franqueza de la respuesta lo sorprendió.
La mayoría de los empleados o le hacían la barba o se encogían de miedo. Esta joven no hacía ni lo uno ni lo otro. ¿Cómo se llama? María Chan, señor. Trabajo el turno de la noche, mesas de la sección 12 a la 18. ¿Cuánto tiempo lleva con nosotros? 6 meses, dos semanas, 3 días. La exactitud de la respuesta le hizo arquear una ceja. Presto atención a los detalles, señor Torres. Es importante en este oficio. Antes de que don Alejandro pudiera contestar, la puerta principal se abrió de golpe con gran estruendo.
Tres hombres encapuchados con sudaderas oscuras irrumpieron en el restaurante. Sus intenciones quedaron claras cuando uno gritó, “¡Todos al suelo! Ahorita mismo.” El caos se desató de inmediato. Los comensales gritaron y se escondieron bajo las mesas. Copas finas se hicieron añicos contra el piso de mármol y los meseros dejaron caer sus charolas asustados. Los guardias de don Alejandro comenzaron a moverse, pero estaban cerca de la entrada a la cocina, demasiado lejos para actuar rápido. Carteras, celulares, joyas, todo lo de valor a la bolsa.
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