Mis compañeros de clase se burlaban de mí porque mi padre es recolector de basura. El día de mi graduación les dije algo que nunca olvidarán.

“Iré a una de las mejores escuelas de ingeniería del país. Con una beca completa”.

Mamá saltó, gritando.

¡Mi hijo! ¡Mi hijo va a la mejor escuela!

Se le quebró la voz y empezó a llorar. Sentí un nudo en la garganta.

“No lo digo para presumir”, añadí cuando la situación se calmó un poco. “Lo digo porque algunos de ustedes son como yo. Sus padres lavan, conducen, arreglan…

"Levantan, cargan. Te da vergüenza. No deberías."

"Te da vergüenza. No deberías."

"El trabajo de tus padres no determina tu valor. Y tampoco el de ellos. Respeta a quienes limpian lo que ensucias. Sus hijos podrían ser los que estén aquí algún día."

Terminé diciendo: "Mamá... esto es para ti. Gracias."

Cuando me alejé del micrófono, todos estaban de pie.

Algunos de los compañeros que se habían burlado de mi madre tenían lágrimas corriendo por sus mejillas.

Al alejarme del podio, vi filas enteras de gente de pie.

No sé si era culpa o solo emoción.

Solo sé que "el hijo del basurero" regresó a su asiento entre una ovación de pie.

Después de la ceremonia, en el estacionamiento, mamá prácticamente se me echó encima.

Me abrazó tan fuerte que casi se me sale el birrete.

"¿Pasaste por todo eso?" susurró. "¿Y yo no sabía nada?"

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