Lo doblé.
“Solo te digo que son buenas noticias”, dije, entregándoselo.
Se llevó la mano a la boca.
“Vas a ir a la universidad”, susurró. “De verdad que vas a ir a la universidad”.
“Se lo dije a tu papá”.
Me abrazó tan fuerte que me dio un vuelco la espalda.
“Se lo dije a tu papá”, sollozó contra mi hombro. “Le dije que lo lograrías”.
Lo celebramos con un pastel de cinco dólares y una pancarta de plástico que decía “FELICIDADES”.
No dejaba de repetir: “Mi hijo va a la universidad en la Costa Este”, como un mantra.
Decidí guardar la gran revelación —el nombre de la universidad, la beca completa, todo— para la graduación. Quería que fuera un momento que no olvidara jamás.
“Mi hijo va a la universidad en la Costa Este”.
Llegó el día de la graduación. El gimnasio estaba a rebosar. Togas, birretes, hermanitos gritando, padres vestidos de gala.
Vi a mamá en lo más alto de las gradas, erguida, con el pelo recogido y el teléfono en la mano.
Un poco más cerca del escenario, vi al profesor Anderson apoyado en una pared con los demás profesores.
Cantamos el himno.
Los discursos fueron aburridos. Los nombres fueron pronunciados uno por uno.
Mi corazón latía cada vez más rápido con cada fila que se ponía de pie.
Entonces: "Nuestro mejor alumno, Liam".
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
