Mis familiares compartían mi apartamento, sin darse cuenta de que la niñera estaba grabando un video... pero lo que pasó 15 minutos después sorprendió a todos... tan inesperado...

—Y las llaves —recordó Elena—. Svetlana, tienes un juego de repuesto que te di cuando regaste las flores. Devuélvemelo.

—¡Ahogo! —Cenicienta rebuscó en su bolso y tiró el manojo de llaves al suelo. El metal resonó contra las baldosas.

Elena no las recogió hasta que la puerta tras los invitados se cerró con un golpe sordo que pareció sacudir las paredes.

Giró la cerradura dos veces. Entonces puso la cadena. Apoyó la espalda contra la puerta y se deslizó lentamente hasta el suelo. El corazón le latía con fuerza, le temblaban las manos. Pero no era miedo. Era alivio. Era como si un absceso que llevaba años creciendo por fin se hubiera abierto y sanado.

Vanya empezó a llorar en la habitación del bebé; el ruido del pasillo lo había despertado.

Elena se levantó de golpe, se quitó rápidamente la chaqueta, se lavó las manos y corrió hacia su hijo. Tomó al bebé calentito y con olor a leche en brazos y lo estrechó contra sí.

—Tranquilo, pequeño. Tranquilo. Ahora nadie nos hará daño. Estamos en casa.

Por la noche, llamó Dima. Elena esperaba su llamada con ansiedad. Sabía cuánto podía influir una madre en su hijo, cómo podía tergiversar los hechos.

—Len, hola—la voz del hombre sonaba extraña. Ahogada y confusa.

—Hola, Dima.

– Yo… yo escucharé

En lo que enviaste. Y mamá ya estaba llamando. Lloraba, diciendo que era un montaje, que los provocaste, que los echaste al frío.

Elena se tensó.

– ¿Y a quién le crees?

Hubo una pausa. Dima guardó silencio un buen rato; solo se oía el crujido de los obstáculos.

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