Luego lo devolvió.
—No necesito una recompensa para quererte —dijo.
Se me llenaron los ojos de lágrimas.
—Quizás deberías dárselo a alguien que lo necesite —añadió.
Me ayudó a elegir organizaciones benéficas.
Donamos hasta el último centavo.
Y ella seguía volviendo.
No por dinero. No por vacaciones.
Solo por mí.
A los 87 años, finalmente lo entendí:
El amor no se compra ni se pone a prueba.
Simplemente aparece.
Y cuando aparece, lo sabes.
Ojalá lo hubiera aprendido antes.
Pero estoy agradecida de haberlo aprendido.
Para ver las instrucciones de cocción completas, ve a la página siguiente o haz clic en el botón Abrir (>) y no olvides COMPARTIRLO con tus amigos en Facebook.
