Cuando pedí ayuda con mi matrícula, mi padre ni siquiera pestañeó.
"Las mujeres no necesitan una educación cara. Encuentra un buen marido y deja que él se encargue de todo".
Esa frase fue como un portazo.
Crecí en Westport, Connecticut, donde las reputaciones se pulían como la plata y los jardines parecían preparados para portadas de revista.
Desde la calle, nuestra entrada circular, de estilo colonial blanco, gritaba "éxito".
Dentro, las reglas eran más silenciosas y estrictas.
Los hijos eran inversiones; las hijas, gastos generales.
Mi padre, Thomas Hayes, pasó 35 años ascendiendo en una empresa farmacéutica hasta convertirse en vicepresidente sénior de operaciones.
Llevaba Brooks Brothers como una armadura y trataba su Patek Philippe como una prueba de valía.
Mi madre, Linda, hacía de esposa corporativa perfecta y lo llamaba "paz".
Yo lo llamaba silencio.
Kyle, mi hermano, iba a la escuela en el Mercedes de papá.
Yo tomaba el autobús. Kyle tuvo un tutor privado la primera vez que sus notas bajaron.
Cuando pedí ayuda con Química Avanzada, papá me dijo: "Eres bastante inteligente. Las chicas no necesitan ayuda extra".
Parte 2
El verano antes de la universidad, mamá le preparó su "lasaña de anuncios": tres quesos, pasta casera, toda la actuación.
Tenía diecisiete años, era el mejor alumno de la clase, y sostenía seis cartas de aceptación como si fueran salvavidas.
Georgetown ofrecía una beca parcial que cubría aproximadamente el 60%, pero aún necesitaba unos 20.000 dólares al año, es decir, 80.000 dólares en total.
Parecía factible.
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