Mis padres firmaron un cheque de $180,000 para la escuela de medicina de mi hermano sin pestañear. Cuando les pedí apoyo, me miraron fijamente a los ojos y me dijeron: "Las chicas no necesitan carreras. Solo necesitan un esposo".

Deslicé la carta de Georgetown por la mesa con las manos temblorosas.
"Entré", dije. "Con una beca enorme. Solo necesito ayuda con lo que me queda".
Papá me miró una vez y luego volvió a su plato.
"Ese dinero es para la facultad de medicina de Kyle".

Luego me miró: inexpresivo, práctico, definitivo. “Tienes que concentrarte en encontrar un marido estable. Alguien que pueda mantenerte.”
Kyle se quedó encorvado sobre su teléfono, invisible a propósito.
Mi madre me apretó la mano y añadió: “¿Para qué pedir préstamos cuando podrías conocer a alguien maravilloso en una universidad pública?”.

Doblé la carta y la guardé como si fuera contrabando.
“De acuerdo”, dije.
Sin lágrimas. Sin gritos.
Solo una decisión que tomé en silencio.

Esa noche, solicité becas, subvenciones, programas de estudio y trabajo, y préstamos hasta que me ardieron los ojos.
Me hice una promesa: no volvería a pedirle nada.
Y la cumplí.
Todas las veces.

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