"Necesito hablar contigo sobre las tasas universitarias", dije, con la voz lo suficientemente firme como para armonizar con mi nudo en el estómago.
El aire parecía enrarecerse. Mi padre bajó el periódico, revelando una discreta irritación. "Sarah, ya hemos hablado de esto", dijo mi madre, sin levantar la vista de la servilleta. —Eres inteligente. Siempre te las has arreglado. —Abrí mi expediente: matrícula, alojamiento, presupuesto de libros, todo minuciosamente pulido—. La beca cubre el 60% de la matrícula. —Pero entre alojamiento, comida, gastos de laboratorio de ingeniería y el coste de la vida... todavía hay un agujero. Calculé que necesitaría unos 15.000 dólares al año para evitar una deuda abrumadora. —Mi padre ni siquiera miró el papeleo—. Así que pedirás préstamos. O trabajarás más horas en el supermercado. Tienes dieciocho años, Sarah. Es hora de aprender el valor del dinero. Para ti, se acabó: eres financieramente independiente. La contundencia de esa frase me impactó como una tonelada de ladrillos. Sola. No se trataba solo de dinero: era una rendición total, una abdicación paterna entregada sin pestañear. Subí a mi habitación y me quedé mirando el techo durante horas. No lloré. Hice lo que siempre he hecho: mirar los números.
El agotamiento: La universidad y el precio invisible del éxito
La educación superior era una escuela de resistencia. Mientras otros vivían para fiestas, fraternidades y "experiencias", yo era un fantasma que se movía al ritmo del horario. Trabajaba veinticinco horas a la semana en la librería del campus, de pie todo el día, y luego trabajaba por las noches en los laboratorios de informática.
Vivía en un ciclo monótono: ramen, mantequilla de cacahuete y, a veces, una pieza de fruta que cogía de la cafetería. Mi compañera de piso, Jessica, vivía en un mundo paralelo. Sus padres le enviaban paquetes llenos de bocadillos caros y dinero "para divertirse" el fin de semana. Observaba su vida como a través de un cristal. Cristal: lo suficientemente cerca para distinguir los detalles, demasiado lejos para tocarlo. Seguía llamando los domingos, por costumbre y esperanza, un hambre emocional persistente. Mi m
Mi profesora dedicó cuarenta y cinco minutos a enumerar las victorias de Emma: Emma entró en el equipo de animadoras; Emma sale con un chico de familia adinerada; Emma se "encontró a sí misma" durante unas vacaciones de primavera que, al parecer, habíamos conseguido financiar.
Cuando mencionaba mis propios logros —un primer artículo en una revista estudiantil, un puesto en la lista del decano—, la respuesta siempre era la misma: "Genial, cariño. Ah, ¿y sabes del vestido que Emma se compró para el baile de graduación?".
El avance en la investigación
En mi penúltimo año, el Dr. Martínez, pionero en biomateriales, me seleccionó para un proyecto de investigación limitado a un grupo selecto de estudiantes. Estudiábamos la tasa de degradación de polímeros sintéticos en entornos biológicos simulados. El objetivo: crear un material capaz de soportar el crecimiento de tejidos y luego desaparecer limpiamente, sin dejar rastro.
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