Pero otra parte de mí recordaba el silencio. Los cumpleaños perdidos. El día que nació Sofía, cuando nadie vino. Años en los que fui prácticamente invisible, simplemente porque había elegido el amor sobre el dinero.
Una semana después, me invitaron a cenar. No quería ir, pero Lev dijo: «Quizás sea hora de hacer balance, de una forma u otra».
Fuimos.
Nos recibieron como si nada hubiera pasado. Mi madre rompió a llorar al ver a Sofía. Mi padre le dio una palmadita en el hombro a Lev como si fueran viejos amigos. La comida olía igual que en mi infancia.
Por un momento, casi lo olvidé todo.
Casi.
Pero a mitad de la cena, mi padre se inclinó hacia mí y me dijo:
"Elena, sobre la casa del abuelo... podríamos venderla. Los precios del mercado están excelentes ahora mismo. Te sobraría bastante".
En el fondo, sentí un colapso.
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