Murió en el Parto y su Esposo Celebró… EL DOCTOR REVELÓ “SON GEMELOS” Y TODO CAMBIÓ…

Tú no eres su padre. Tú eres el donante de esperma que intentó matarlos antes de que nacieran. No puedes hacerme esto. Soy dueño de la mitad de todo. Lee el acuerdo prenupsial de nuevo, Rodrigo. La cláusula de infidelidad y conducta criminal anula cualquier derecho. Sales de este matrimonio como entraste, sin nada. Ah, no. Sales con una deuda millonaria porque te voy a demandar por daños y perjuicios hasta que tengas que trabajar en la cárcel para pagarme un chicle.

Elena, sáquenlo de mi vista, ordenó ella. Los oficiales levantaron a Rodrigo y lo arrastraron fuera de la habitación. Suscritos de Soy inocente se desvanecieron por el pasillo del hospital. Cuando la puerta se cerró, el silencio volvió a la habitación, pero esta vez no era un silencio de muerte, era un silencio de paz. El doctor Salazar se acercó y le revisó el pulso. Lo hiciste, Elena. fue muy arriesgado. Tu corazón estuvo al límite. Valió la pena, doctor. Mis hijos están a salvo.

¿Quieres verlos? Más que nada en el mundo. Trajeron las incubadoras. Dos pequeños milagros, un niño y una niña. Pequeños, frágiles, pero vivos. Elena metió la mano en la incubadora y tocó la manita de su hijo. Bienvenidos al mundo, susurró. Mamá se encargó de limpiar la casa para ustedes. Ya no hay monstruos debajo de la cama. El desenlace. El juicio fue el evento del año. Con las grabaciones, los testimonios y la resurrección de Elena, no hubo defensa posible.

Rodrigo fue condenado a 30 años de prisión. En la cárcel se convirtió en el recluso más despreciado. Incluso los criminales tienen códigos. Y tratar de matar a una esposa embarazada y a sus propios hijos es algo que no se perdona. Doña Bernarda fue enviada a una prisión de mínima seguridad debido a su edad, pero murió al año siguiente, sola y amargada, olvidada por todos. Sofía recibió 15 años. Perdió su juventud tras las rejas. Elena se recuperó por completo, tomó las riendas de la empresa de su padre y la hizo crecer aún más.

Pero su verdadero trabajo fue criar a Leo y a Mía, sus gemelos. Nunca les ocultó la verdad sobre su padre, pero les enseñó que la sangre no te define. Tus acciones lo hacen. A veces la gente piensa que la venganza es mala, que envenena el alma. Pero Elena sabía la verdad. La venganza, cuando es justicia, es la medicina más dulce. Ella se había tragado el veneno de ellos durante meses, pero al final fue ella quien escupió fuego. Y mientras miraba a sus hijos jugar en el jardín de su mansión, libre de sombras, Elena sonríó. Había muerto para poder vivir y vaya si estaba viviendo.

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